Amor, azar y heroísmo en mitad de las llamas

Una mujer fallece en el avión tras entregar a su hija María, de 11 años, a un bombero para que la salvara

Una mujer llora antes de entrar en las instalaciones de Ifema.
Una mujer llora antes de entrar en las instalaciones de Ifema.
Carlos Gosh / Madrid

22 de agosto 2008 - 05:03

Detrás de la catástrofe aérea de Barajas asoman las historias personales de las víctimas de un accidente que ha acabado de golpe con familias enteras, ha destrozado otras y ha pasado rozando a los más afortunados. Los pasajeros del trágico vuelo de Spanair protagonizan relatos, desgarradores en la mayoría de los casos, narrados en los aeropuertos de Madrid y Gran Canaria, en los hospitales que atienden a los heridos, en la morgue que se instaló el miércoles en Ifema o en el hotel en el que se alojan los familiares de las víctimas.

"Lo he perdido todo", se lamentaba Antonio Domínguez, residente en la localidad grancanaria de Agüimes. Entre los fallecidos se encuentran sus dos hijas, de 14 y 19 años -ésta última embarazada-, y un nieto, según decía desolado en Ifema. Poco más de veinte años, contaba una joven pareja que viajaba en el avión con su bebé de tres meses para bautizarlo este fin de semana en Las Palmas, tras haber pasado unos días de vacaciones en la localidad leonesa de Calzada del Coto, de la que eran originarios.

Una de las fallecidas de la tragedia consiguió salvar la vida de su hija de once años, María, al entregársela a un bombero durante las operaciones de rescate. La mujer murió junto con otra hija, de catorce años. Su marido y María evolucionan favorablemente en el Hospital de La Paz, centro que visitó ayer Francisco Martínez, bombero que auxilió a la pequeña. Martínez confesaba que sigue "muy impresionado" por la tragedia y que, de hecho, ha tenido que recibir atención psicológica. Este hombre rescató con vida a otros dos niños y explicaba que le hubiera gustado ver a la menor para contarle que su madre le salvó la vida, pero los sanitarios se lo impidieron. En el momento del rescate, contaba Martínez, la menor estaba al lado de su madre, ocupando los asientos que le correspondían a ambas en el avión y que, al verle, ésta le entregó a la niña en sus brazos pensando en todo momento en protegerla. La niña se encontraba "totalmente desorientada", no se quejaba ni hablaba, a pesar del gran número de heridas graves que presentaba, narraba Francisco.

En el hospital del Niño Jesús está ingresado un niño de ocho años residente en la localidad ciudadrealeña de Torralba de Calatrava que en el siniestro perdió a su padre, de nacionalidad colombiana. Su madre se encuentra en estado grave en el Ramón y Cajal. El pequeño, llamado Jesús, padece un traumatismo en una pierna. Jesus, desorientado, "preguntaba insistentemente por sus padres, y cuándo terminaba la película", narraba Martínez. El niño "me preguntaba si era verdad lo que estaba ocurriendo", indicaba este bombero.

En este mismo hospital, una mujer de Monforte (Lugo) pregunta por su hija, con la que viajaba en el avión, y que murió en la catástrofe.

"Amor, se me averió el avión". Este fue el mensaje de móvil que recibió a las 12.30 del miércoles la mujer de una de las víctimas. La viuda de este pasajero relataba ayer que su marido quiso bajar del avión al ver que el aparato podría tener problemas durante el vuelo, pero que los miembros de la tripulación no se lo permitieron.

Más afortunada fue la pareja canaria que perdió el vuelo. La pareja canaria evitó la tragedia por haberse quedado un día más en Madrid para ver el espectáculo La Bella y la Bestia.

Hay quien en vez de azar o fortuna prefiere hablar de milagros. Es el caso de la mujer de uno de los supervivientes, que asegura que su marido "volvió a nacer ayer". "Ha sido un milagro, apenas tiene quemaduras", afirmaba exultante. Pero su testimonio era una excepción entre tantos relatos desolados.

Mientras las historias de dolor se sucedían en Ifema y en la puerta del hotel habilitado por Spanair para los familiares, que apenas podían hablar. "He perdido a mi hijo, a mi nuera y a mis dos nietos", acertaba a decir una señora antes de entrar en el autobús que le llevaba a Ifema a identificar sus cuerpos. "Lo más duro es el reconocimiento, eso sólo son lágrimas", corroboraba un allegado.

Algunos reaccionan con una tranquilidad sólo explicable por la anestesia del propio dolor. Otros rompen a llorar y no paran. "He perdido a mi hermano, a su mujer y a sus dos niñas, no puedo hablar", sollozaba ayer una mujer que también tenía que identificar los cuerpos.

Los familiares llegaban a Ifema visiblemente afectados, agotados y con caras desencajadas a la espera de que los forenses concluyan las identificaciones de los cadáveres. Y todos tratan de un modo u otro, de liberarse de una tensión que soportan desdel que ocurrió el trágico accidente.

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