El saber estar de la Infanta más sevillana
Rioja y Oro
Doña Elena ha visitado estos días la Catedral de Sevilla, templo donde contrajo matrimonio hace 30 años
Ha cubierto su cabeza con un sombrero, accesorio permitido para las mujeres en las iglesias
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Con chaqueta y sombrero.Tocada, que se dice. Con tal indumentaria visitó días pasados la infanta Elena la Catedral de Sevilla. No han faltado quienes se han tirado a la piscina (sin agua) de las redes sociales cuestionando el uso de este accesorio en un recinto sagrado. Nada más lejos de lo cierto. Las mujeres pueden cubrir su cabeza en una iglesia (antes del Concilio Vaticano II era obligatorio), de ahí el uso de mantillas y pamelas en oficios religiosos. Los hombres, por contra, deben descubrirse. A doña Elena, en cuestiones de saber estar, resulta difícil pillarla con el pie cambiado.
La hermana del Rey de España recorrió el templo donde contrajo matrimonio hace 30 años. El próximo 18 de marzo se cumplirán tres décadas de su boda con Jaime de Marichalar, una de las fechas clave en la historia reciente de la ciudad. Había pasado bastante tiempo desde que la Casa Real no celebraba un enlace nupcial en España. La capital andaluza fue la elegida para el de la primogénita de los Reyes eméritos. En otoño de 1994 se supo la ciudad elegida y desde entonces se fueron hilvanando meses de preparativos para un acontecimiento que muchas generaciones no habían conocido en suelo patrio.
La España actual (incluida Sevilla) ha cambiado bastante de aquélla de mediados de los 90, aún sumida en la resaca de los fastos del 92. Por aquel entonces los asuntos monárquicos eran herméticos y ningún medio se atrevía a publicar una información que comprometiera a la institución. El apogeo de internet quedaba lejos y no digamos ya el de las redes sociales. Sí existían los primeros teléfonos móviles, que pese a carecer de muchas de las aplicaciones actuales, contribuyeron a que salieran a la calle ediciones vespertinas de periódicos informando de la boda real. El felipismo vivía sus últimos años, mientras el PSOE andaluz se hacía más sólido en San Telmo, palacio, por cierto, que fue testigo de otro romance monárquico que acabó en copla, el de Alfonso XII (calle actualmente en obras) con María de las Mercedes.
Rojas-Marcos y Amigo Vallejo
Al frente de la Alcaldía se encontraba el andalucista Alejandro Rojas-Marcos (quien tan buenas migas hace ahora con el popular Juanma Moreno) y la sede de San Isidoro la ocupaba el siempre recordado monseñor Carlos Amigo Vallejo, al que le quedaban aún ocho años para recibir la púrpura cardenalicia. Sonados fueron los enojos que el prelado tuvo con Pilar Miró, responsable de la emisión en directo de la boda de la Infanta, a cuenta del cableado en el templo metropolitano.
La ceremonia –a la que asistieron todas las casas reales europeas– comenzó a las 12:35 y concluyó a las 14:10, momento en el que doña Elena y su ya marido, el aristócrata Jaime de Marichalar, pusieron rumbo en una calesa del siglo XVIII hacia la iglesia del Salvador, donde los esperaba el entonces párroco del templo, Manuel Trigo, y el regidor hispalense. El vestido de la novia era diseño del sevillano Petro Valverde.
El convite para 1.288 invitados tuvo lugar en los Reales Alcázares. Lo sirvió Rafael Juliá (saga hostelera recordada estos días tras comenzar la demolición del Puesto de los Monos). Los comensales degustaron, entre otros manjares, perdiz de la Sierra Norte. Como en los cuentos con final feliz, de esos que, 30 años despúes, ni existen.
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