La liturgia del 0,0

Jueves santo

Dolorosamente elocuente es la sensación de vacío de un centro sin cofradías en su día más excelso, con caminantes a la deriva en una suerte de escapismo imposible

Foto: Juan Carlos Muñoz
Foto: Juan Carlos Muñoz
Carlos Navarro Antolín

22 de abril 2011 - 01:00

QUÉ sola se queda la ciudad sin las cofradías. Parece un grito de Munch. El Jueves Santo sin pasos es la expresión del vacío. Un nazareno de los Negritos empapándose de regreso a casa es una foto sepia de Serrano con el doloroso pie redactado con máquina de escribir: Retorno a casa. Una imagen lo supera todo. Se hizo el vacío desgarrador en la tarde de la Semana Santa por excelencia. Se quedó la fiesta como una nave a la deriva, sin rumbo. Adoquines mojados en Segovias, Mármoles, Mateos Gago... El agua forma pequeños charcos en las hendiduras de la piedra. Los niños, los escasos niños que hay en el centro, juegan a los chapoteos, ignorantes de la soledad que acucia a la tarde. Ha llovido, llueve y seguirá lloviendo. Los bares están casi despoblados. Los fritos variados se han quedado en la nevera. Las cuatro primeras cofradías han caído como cuentas del rosario, como el temido efecto dominó: los Negritos, Montesión, la Exaltación y las Cigarreras. La tarde es más de escopeta y perro que de cofradías e incienso. La sensación más parecida a un paso es el humo sacro que despide el tío del incienso de la calle Jovellanos, esquina con la de Tetuán. Tiene las chimeneas a toda mecha.

El ruán de un nazareno de Pasión se moja al filo de las seis de la tarde. Vaya si me moja. El pobre nazareno va empapochado como un torrija. Los nazarenos de negro siempre caminan rápido, muy rápido, pero este nazareno de Pasión casi corre sin perder la compostura. Un grupo de señores muy trajeados de Madrid lo miran como si fuera un bicho raro. Nadie les explica que el nazareno tiene la obligación de estar en el templo. El nazareno se pierde. Qué sola se queda la ciudad sin las cofradías. Hay una paz sorda y una melodía de agua que se alterna cruelmente con rayos de sol. Está la tarde para la clausura de los oficios. San Leandro, Madre de Dios, la Encarnación... Los oficios son el refugio de muchos cofrades huérfanos de cofradías. La paz de los conventos como única salida de una tarde con las dos máscaras de la tragedia: lluvia y sol, sol y lluvia.

"Papá, ¿qué hacemos?" Debajo de un balcón se refugian el padre y el hijo. "Esperar, esperar". Pero el padre parecería no referirse al corto plazo de aguardar unos minutos al cese del juego de las nubes, sino al año entero que falta para vivir otro Jueves Santo, felicidad robada, arrebatada. Qué sola está la ciudad sin las cofradías. El niño juega con el agua atrapada entre los adoquines, ajeno a lo que le ha sido privado. Dos nazarenos de la Quinta Angustia están discretamente en el portal de una vivienda a la espera de que deje de llover unos minutos. Esperar, esperar. Todo pasa por esperar.

Al filo de las siete de la tarde se cae una de las joyas de la tarde. La Quinta Angustia no sale. Qué sola se queda la ciudad sin las cofradías, sin el cortejo malva de la Magdalena. Alguna mantilla se deja ver por las calles del centro. Pero no está la tarde para el traje de gala por excelencia de las sevillanas. Con lluvia no tiene sentido lucir la mantilla. Tiene casi menos sentido que una cofradía.

El dueño de un bar llora su particular Semana Santa. La vida en cierta forma también es una semana para muchos negocios del centro. Con la caja ordinaria se cubren los gastos. Con la Semana Santa se gana un dinero que sirve para mantenerse durante meses. La cofradía de los montaditos también se quedó sin salida.

En el Prado de San Sebastián ya está montada la parada especial de los autobuses municipales para la Feria. Pero hoy es Jueves Santo. Y no hay desembarco de vecinos de los barrios llegando al Prado. Los autobuses están como los bares, despoblados. Es curioso cómo en Semana Santa hay vacíos hermosos, intimistas, deliberadamente buscados, caso del templo del Salvador a primera hora de la mañana de ayer, sublime contemplación de Pasión sobre su tapiz de lirios, y vacíos como el de las calles en la tarde de ayer que son todo un grito de Munch en versión local. No merece otra imagen un Jueves Santo 0,0, un Jueves Santo sin. Sin los Negritos, sin Montesión, sin la Exaltación, sin la Virgen cigarrera, sin el sonido de los motetes de la Quinta Angustia, sin mantillas, sin concejales de chaqué en las representación de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Sin nada. El pintor noruego explicó que en su genial obra quiso reflejar su sensación cuando se puso el sol un día que iba caminando con sus amigos por la carretera: "Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza". Como en aquella tarde de Munch, unos caminaban y caminaban ayer por la ciudad sin rumbo fijo, otros se quedaron en casa llorando la tarde en su particular clausura, no faltaron quienes ahogaban la pena en el vaso largo de los bares del centro, con risas para disimular la congoja, no queriendo mirar los pronósticos de la noche, qué noche, menuda noche...

Y cayó el Valle, jueves sin los ojos verdes, sin el paso de los espejitos, sin el estilo priostil de referencia. Y cayeron los escudos mercedarios de Pasión. El órgano enmudeció. El Perdón, oh Dios mío, música que acompaña el descenso del Señor por la rampla, se quedó para el interior de cada uno. Retorno a casa, pero esta vez escrito con letra de ordenador.

Siempre que llueve hay una Semana Santa interior de ritos que florece como esparadrapo en la herida. Cada uno trata de aliviar su angustia a su manera en una suerte de puesta en práctica de la liturgia del 0,0. Esta Semana Santa con porcentajes es la Semana Santa sin cofradías. Cuanto más sofisticada, más intratable. Aunque el Jueves Santo de 2011 no hacía falta llamar a ningún meteorólogo. Bastaba con mirar al cielo y sentir la fuerza de la naturaleza, como el grito de Munch, un noruego sin cofradías.

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