"La forma en que comemos influye en nuestro estado emocional, pero también nuestras emociones afectan a nuestras decisiones alimentarias"
Investigación y Tecnología
Comer con culpa o con miedo puede meternos en un círculo vicioso donde el malestar emocional se retroalimenta con la elevación del cortisol
"Tenemos que hablar más y romper con los estigmas del Trastorno de la Conducta Alimentaria porque no tiene nada que ver con la comida"

La comida no es solo un medio para nutrirnos sino que está profundamente ligada a nuestras emociones y a nuestro bienestar general. El vínculo entre lo que comemos y cómo nos sentimos va más allá de los nutrientes, influenciando nuestro estado de ánimo y niveles de estrés. En este contexto, el cortisol, conocido como la hormona del estrés, juega un papel fundamental. A menudo, buscamos una dieta perfecta para evitar su elevación, pero, paradójicamente, la ansiedad por la alimentación puede ser un factor que aumente el mismo estrés que intentamos controlar.
Alimentos y cortisol: más allá de los nutrientes
Si bien el estrés y las emociones son los principales detonantes del aumento de cortisol, algunos hábitos alimenticios pueden contribuir indirectamente a su elevación. Excesos de azúcar, dietas extremadamente restrictivas o prolongados periodos de ayuno pueden generar una respuesta fisiológica de estrés en el cuerpo. Asimismo, el abuso de cafeína y alcohol también puede impactar los niveles de esta hormona.
"Sin embargo", manifiestan la doctora en psicología, Andrea Barrios, y experta en TCA y el dietista-Nutricionista, Carlos Gracia, especializado en Trastornos de la Conducta Alimentaria y alimentación intuitiva, "más importante que el tipo de alimento es la relación emocional que tenemos con la comida: sentir miedo o ansiedad al comer puede generar una respuesta fisiológica de estrés que eleva el cortisol, independientemente de qué se haya ingerido".
"Algunas personas recurren a la comida como mecanismo de regulación emocional"
La relación entre la comida y las emociones es bidireccional. Mientras que ciertos alimentos pueden favorecer a un mejor estado anímico (como aquellos ricos en triptófano, que ayudan a la producción de serotonina), una dieta basada en productos ultraprocesados y deficiente en nutrientes esenciales puede afectar negativamente a la microbiota intestinal y, por ende, nuestro equilibrio emocional.
Aparte de eso, la psicóloga y el nutricionista explican que "la forma en que comemos influye en nuestro estado emocional, pero también nuestras emociones afectan a nuestras decisiones alimentarias", por lo que debemos "cultivar una relación flexible y equilibrada con la comida" como algo "fundamental para el bienestar mental y físico". Por ejemplo, comer con culpa o con miedo puede meternos en un círculo vicioso donde el malestar emocional se retroalimenta con la elevación del cortisol.
Emociones y conducta alimentaria
Las emociones también influyen en nuestra manera de comer. Algunas personas recurren a la comida como mecanismo de regulación emocional, buscando en los alimentos una forma de aliviar la ansiedad o el estrés. Esto puede llevar al consumo impulsivo de productos ricos en azúcar y grasas, proporcionando un alivio momentáneo, pero perpetuando el ciclo de malestar.
Por otro lado, el estrés o la depresión pueden inhibir el apetito, priorizando la liberación de adrenalina y cortisol sobre la sensación de hambre. Para quienes tienen predisposición a trastornos de la conducta alimentaria, estas respuestas pueden intensificarse, generando patrones de restricción o atracones como formas de afrontamiento emocional.
"Estos patrones pueden contribuir a la ansiedad alimentaria y a un aumento en los niveles de estrés"
La comida como premio o castigo
Desde la infancia, muchas personas aprenden a relacionar la comida con premios y castigos. "Asociar ciertos alimentos con la recompensa como, por ejemplo, comer un postre por haber 'comido bien' o con el castigo como, por ejemplo, la restricción de ciertos alimentos tras haber 'comido mal' refuerza un vínculo emocional disfuncional con la comida", aseguran Andrea Barrios y Carlos Gracia.
Esto puede llevar en la adultez a tener una percepción de culpa al comer ciertos alimentos o, por el contrario, una tendencia a usar la comida como vía de recompensa emocional, lo que, según advierten los expertos, "eleva los niveles de estrés y cortisol. En personas con predisposición a los TCA, esta relación puede convertirse en un factor de riesgo para el desarrollo de conductas restrictivas o episodios de atracones".
"Debemos trabajar en una mentalidad más flexible y compasiva respecto a la comida"
Estos patrones pueden contribuir a la ansiedad alimentaria y, por lo tanto, a un aumento en los niveles de estrés. En lugar de ver la comida como un sistema de castigo o compensación, es fundamental fomentar una alimentación intuitiva y consciente, basada en la conexión con las señales del propio cuerpo.
En definitiva, adoptar una alimentación saludable no significa solo elegir los alimentos "correctos", sino también mejorar nuestra relación con la comida. "La paradoja radica en que, al obsesionarnos con evitar ciertos alimentos, generamos emociones intensas y constantes como el miedo y la culpa. Estas emociones, a su vez, pueden elevar nuestros niveles de cortisol, logrando el efecto contrario al que buscábamos", apuntan Andrea Barrios y Carlos Gracia.
Los expertos nos invitan a reflexionar y "a trabajar la forma en que nuestra relación con la comida y nuestras emociones contribuye a un estado crónico de estrés", es decir, "trabajar en una mentalidad más flexible y compasiva respecto a la comida", concluyen.
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