“Una de las tragedias de hoy es la renuncia de los artistas a la belleza”

Juan Bonilla | Escritor

El Premio Nacional de Narrativa de 2020 vuelve a las librerías con ‘Simios apóstoles’, conjunto de pequeños ensayos sobre temas tan diversos como las ciudades, la fotografía o Borges

Juan Bonilla.
Juan Bonilla. / Antonio Pizarro.

Aunque él se sacude divertido la etiqueta, Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) tiene fama en los mentideros literarios de hombre escurridizo, una especie de fantasma errante que nunca se sabe muy bien por dónde anda y en qué proyecto está embarcado. Lo definiríamos como periodista y escritor si no supiéramos que para él eso sería incurrir en una redundancia. Como lo primero, ha trabajado en varios medios, algunos de los cuales tienen la aureola de las glorias muertas: Diario de Jerez, Radio América, Ajoblanco, El Correo de Andalucía, El Mundo... Como lo segundo, es autor de una amplia obra que empezó con su exitosísimo volumen de cuentos ‘El que apaga la luz’ y ha dado frutos como ‘Nadie conoce a nadie’ –ambientada en la Semana Santa sevillana– o la que dicen algunos que es su mejor novela, ‘Prohibido entrar con pantalones’. En 2020 ganó el Nacional de Narrativa gracias a su novela ‘Totalidad sexual del cosmos’. Buscador incansable de libros olvidados, es también poeta de agudizado sentido del humor (su poesía completa la ha recogido Comares en el volumen ‘Poemas’) . Acaba de publicar con la editorial Athenaica ‘Simios apóstoles’, una amenísima recopilación de pequeños ensayos y aforismos donde se tratan asuntos como la fotografía, Borges o la ciudad.

Pregunta.–En su nuevo libro, ‘Simios apóstoles’ (Athenaica), donde reúne una serie de pequeños ensayos y aforismos, trata el tema de la ciudad. No hay duda de que sabe del asunto, porque ha vivido en unas cuantas

–Jerez, Sevilla, Madrid, Barcelona, León, Málaga, Huelva, Miami, Londres y Roma... En algunas ciudades, como Barcelona o Sevilla, lo he hecho en distintas épocas, lo que significa que son ciudades diferentes.

P.–Con ese curriculum imagino que no se considera un hombre con raíces

–Nunca he sentido esa cosa de las raíces. En todo caso algo con la música, con el flamenco.

P.–Como diría un adolescente, no le pega. Debe ser por la cosa jerezana.

–Debe ser, quizás por la infancia. Incluso recuerdo, una Nochebuena en Ginebra, ver en la tele una zambomba de Jerez y decir: “de ahí vengo”. Ese viaje lo cuento en Academia Zaratustra. Quiñones tiene un cuento muy bonito, La botella, en la que dos exiliados comparten una botella de jerez y conectan con la tierra.

P.–¿Le gusta el jerez?

–Me encanta, aunque lo he descubierto tarde. Me parece un milagro. No paré hasta conseguir la primera y la segunda edición del famoso Jerez-Xerez-Sherry, de González Gordon, un libro formidable.

P.–¿Más del fino o de la manzanilla?

–Son lo mismo. Eso es una discusión absurda.

El género literario por excelencia en Sevilla no es la poesía, sino la crónica. Ahí puede competir con Madrid

P.–¿Por qué decidió finalmente asentarse en Sevilla?

–Sevilla es la ciudad que más me ha gustado siempre, desde joven. Incluso recuerdo dormir una vez en la calle para ver a Borges e Italo Calvino. Me vine a vivir a Sevilla en 1989, cuando Jesús Quintero me fichó para Radio América. Yo estaba entonces en Diario de Jerez y Quintero quería un periodista que también fuese poeta. Fue Salvago el que le habló de mí. Sevilla siempre ha sido para mí la ciudad a la que volver. Después de vivir una temporada en Roma me pregunté: ¿qué es lo que se parece a Roma en España? Y regresé a Sevilla. Es cierto que la ciudad tiene cosas que me ponen de los nervios, pero eso es muy sevillano. Además, como solemos decir para joder a los gaditanos, Jerez es una ciudad que pertenece a la órbita de Sevilla.

P.–El lugar común dice que Sevilla es una ciudad de poetas, no de novelistas.

–Bueno, ahí están los Machado, Cernuda...

P.–... Y cien millones de poetastros.

–De poetas-astros. Sin embargo, el género literario por excelencia en Sevilla no es la poesía, sino la crónica. Ahí Sevilla puede competir con ciudades como Madrid, que ha suscitado libros de Azorín, González Ruano, Ramón Gómez de la Serna... En Sevilla tenemos La ciudad, de Chaves Nogales; los libros de Romero Murube; Divagando por la ciudad de la gracia, de José María Izquierdo... Es una Sevilla íntima, que habla en voz queda, con un poco de terciopelo y poesía. Frente a eso está la Sevilla tamborilera. Recuerdo un cronista que dijo: “Venecia no es una ciudad, sino una forma de mirar Sevilla”.

P.–En el libro se da un paseo por una ciudad Frankenstein en la que engarza diferentes calles y zonas de urbes que le gustan especialmente.

–Siempre he sido muy paseante y me gusta hacer ese ejercicio: bajar por la calle Polvera de Jerez y seguir por la calle Francos de Sevilla para luego coger por la calle Mallorca de Barcelona y ver los plátanos y acabar en la Little Havana de Miami.

P.–Tiene fama de hombre escurridizo.

–Para nada, eso viene de un libro sobre mí que editó Pepín Mateos y en el que escribieron varios amigos. Javier Marías tituló a su texto La figura escurridiza en el que contaba que no se sabía ni cuántos hijos tenía, ni donde vivía. Ya ve usted lo difícil que le ha sido quedar conmigo para le entrevista. Pero sí me reconozco en lo que decía de mí Vicente Tortajada, que “era muy gato”.

P.–Otro tema que aborda en el libro es el periodismo cultural. No tiene una visión muy positiva.

–Más bien tengo una visión catastrófica. Parto de la base de que decir periodismo cultural es una redundancia. Todo periodismo que no es cultural no es periodismo. Para mí un periodista tiene que ser escritor.

P.–¿Y la televisión y la radio?

–Eso es electricidad.

P.–Siga.

–Hay veces que cuando algún colega se queja de que apenas le pagan 60 euros por pieza me parece un derroche del periódico. Hay cosas que leo en la que el periodista cultural se limita a ser terminal de propaganda de editoriales y productoras. Hay críticas de cine que son meros resúmenes de la película donde no hay ni una mínima gota de personalidad, o reseñas de libros que, sencillamente, copian la contratapa. Después de haberme dedicado casi cuarenta años a este oficio me pone enfermo todo esto. El tono general es bastante deprimente. No sé si esto que digo se debe a la baja calidad del lector actual, pero los tiempos son decepcionantes.

P.–En el libro cita a Juan Benet cuando dice que todo escritor es un crítico frustrado.

–Es darle la vuelta al tópico de que todo crítico es un escritor frustrado. Para mí un crítico literario antes que nada debe ser escritor. La verdadera crítica literaria se hace desde la creación. Por ejemplo, cuando Valle Inclán llama “garbancero” a Galdós su verdadera crítica no es esa, sino querer hacer él unos episodios nacionales a su manera. Y de ahí surgen La corte de los milagros, El Ruedo Ibérico, los esperpentos... Así evoluciona la literatura, por reacción de unos escritores a quienes los preceden.

P.–El daño que le hizo al gran Galdós eso de “garbancero”.

–Es una tontería decir que el tiempo pone las cosas en su sitio, porque la misión del tiempo es quitarle el sitio a todas las cosas. Pero es cierto que, si nos vamos a esa época, el que sigue más vivo con diferencia es Galdós.

P.–En toda su obra, y especialmente en la poesía, se nota su aversión a la boba solemnidad.

–Es que me resulta molesta, estridente e innecesaria. No procura ni emoción ni belleza. Me parece ruido. Y lo peor que llevo en los demás es la pedantería. No la soporta. Con mi edad he visto que la gente sabia y correcta, con buen gusto, no necesita ser pedante. Y los que no llegan usan la pedantería como unas alzas para ser más de lo que son.

La solemnidad me resulta molesta, estridente e innecesaria. No procura ni emoción ni belleza

P.–¿Se atrevería a dar un ejemplo de bobo solemne en nuestra literatura?

–Hay más en la política que en la literatura. Pablo Iglesias, por ejemplo.

P.–No se amilana usted ante los grandes nombres. De Aleixandre dice que es “un coñazo”.

–Me parece que es una poesía pedante. Es el tipo de poesía poética que no va conmigo. Tampoco consigo conectar con los Novísimos. Es un tipo de poesía de rebuscamiento retórico que tampoco me va.

P.–Y frente a esa solemnidad opone un sentido del humor cuyas raíces son difíciles de rastrear. No es andaluz. Tampoco español.

–Nunca me he hecho esa pregunta. Supongo que viene de mis lecturas de juventud, de cierta veta anglófila. Chesterton, quizás. Estudié en Barcelona en catalán y mis dos grandes lecturas en esos años fueron Quim Monzó y Sergi Pàmies. Algo debió de pegárseme. Puede que mi humor sea catalán.

P.–En ‘Simios apóstoles’ habla también de los lectores. ¿Qué le parece a todo un premio nacional de literatura ver que, en las ferias del libro, se crean grandes colas en las casetas con ‘instagramers’ y apenas hay gente en otras con buenos autores firmando?

–No voy a ferias del libro ni aunque me paguen. Creo que el instagramers y el escritor del que usted habla no se dedican al mismo deporte. No se puede confundir la literatura con los libros. Hay libros de todo tipo, desde ingeniería hasta youtubers. Eso no significa que esos libros compitan con tu poemario. Comprendo que es deprimente, pero si te molesta la cola de 500 personas del youtuber es que tienes un problema, porque esa gente nunca serán lectores tuyos. Lo primero que debe tener claro un escritor es que no escribe para una multitud.

P.–Hablemos de su condición de cazador de libros, de rastreador en las librerías de viejo de medio mundo, física y virtualmente. También lo refleja en ‘Simios apóstoles’.

–Lo hago para decir que la tecnología no ha venido necesariamente para jodernos. Por ejemplo, sin ella hubiese sido imposible hacer con Bonet nuestra Antología de la poesía vanguardista latinoamericana.

P.–¿Pero esa bibliofilia extrema no es una pasión inútil, valga la redundancia? Al fin y al cabo todos esos libros acabarán de nuevo en una librería de viejo cuando seamos mero polvo.

–No hay ningún problema. Tengo un ejemplar del libro ultraísta La sombrilla japonesa, dedicado por su autor, Isaac del Vando, a Manuel Azaña aquí en Sevilla. Este libro que tan feliz me hizo cuando llegó a mí seguro que dentro de unas décadas hará feliz a otro buscador de libros cuando lo encuentre. Y eso es lo maravilloso de los libros, que su biografía continúa cuando tú mueres. Es que eso es lo que más me gusta del asunto. Yo no soy coleccionista, sino un buscador de libros. De repente me interesan temas de lo más diversos y me pongo a buscar libros que solo existen en la edición original y hay que encontrarlos. Pero no soy un obseso de las primeras ediciones. Le pongo por ejemplo una novela sevillana muy poco conocida, La orgía, de José Más, donde hay una especie de don Juan que se afeita con manzanilla. Es una maravilla y tengo una sexta edición. No me importa. Lo principal es el texto.

Los departamentos universitarios están llenos de gentes con muchas lecturas pero que no son buenas personas

P.–Ha tocado el tema de la felicidad... también habla de ella en el libro. Para defender las humanidades dice que lo importante no es su utilidad o inutilidad, sino que son una fuente de felicidad. Una felicidad, añado yo, muy honda, que poco tiene que ver con el placer inmediato de hoy en día.

–Exactamente. Es una felicidad que dura y se queda en la memoria. Te clava un auténtico rejón. Eso es lo importante y no todo ese discurso pedagógico que dice que mejora nuestra capacidad crítica y todas esas mentiras. Los departamentos universitarios están llenos de gente miserable y mezquina, con muchas lecturas pero que no son buenas personas. Hay que tatuarse en las meninges una idea de Steiner: la gran tragedia de las humanidades es que no nos hacen más humanos. Ante esto, lo que debemos pedirle a los libros, las películas o los discos es ese rejón de felicidad.

P.–Hay algo que nos une: el disgusto ante el arte conceptual, que tan bien refleja en el libro.

–Una de las tragedias de hoy es la renuncia de los artistas a la belleza y la invasión de la pseudofilosofía en las artes. Hasta el punto de que cuando vas a una exposición en realidad asistes a una conferencia, que a veces no es más que la hilazón de ocurrencias gratuitas y banales. Lo único bueno del arte conceptual es que define muy bien el vacío de nuestra época. Esa oquedad y esa renuncia a la artesanía se produce a partir de la II Guerra Mundial. Los vanguardistas previos siguieron usando la palabra belleza. Hoy está completamente proscrita en el mundo del arte. Manuel Borja-Villel, el anterior director del Reina Sofía, también es un bobo solemne.

P.–En ‘Simios apóstoles’ queda claro que es un buen conocedor de la fotografía, a la que le dedica no pocas páginas.

–Me interesa mucho la fotogenia porque es un concepto que está liberado del bien y del mal. Los aviones contra las Torres Gemelas fotogénicamente son impresionantes, nos pongamos como nos pongamos. Solo si caes en que en ese momento hay 3.000 personas muriendo te horroriza pensar que allí pueda haber belleza. Recuerde la foto de un hombre lanzándose al vacío desde el rascacielos. Eligieron la mejor foto, un verdadero póster. Hay algo inmoral en eso. Eso me interesa filosóficamente. La fotogenia como expresión de la inmoralidad del periodismo.

P.–Es un apasionado de los fotolibros, un género que no es muy frecuentado en España.

–Creo que algún año deberían darle a un fotógrafo el Premio Nacional de Poesía. A Chema Madoz, por ejemplo. Hay grandes libros que no tienen una sola palabra y son gran literatura. Por ejemplo, por ir a mi propia generación, la Movida no ha generado gran literatura, pero sí dos grandes fotolibros: los de Miguel Trillo y Alberto García-Alix. Hay también un gran libro del periodista José Luis Gallero, Solo se vive una vez.

P.–¿En qué está trabajando actualmente?

–Estoy trabajando en una novela de no ficción que se va a titular El Departamento de Lengua Inglesa de la Universidad de Sevilla, en la que narro cómo unos matones mediocres tratan de amargarle la vida a una profesora que viene de fuera.

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