La aldaba
El fervor mitinero y el fervor tuitero
Tomar aire…, soltar aire…, tomar aire…, soltar aire… Eso le decimos al grande de los chicos de la familia (cinco años), que padece una enfermedad rara y trastorno del espectro autista, cuando está al filo de sí mismo. Un estímulo más y rebosará. Entre mocos y lágrimas, coge aire como si le fuera la vida en ello, llena la barriga y los carrillos, lo suelta fuerte –más bien lo espurrea– por la boca, y yo muero de amor. No nos cabe más reverencia en el cuerpo, ni más pictogramas en las paredes.
Tomar aire, soltar aire. Nuestra técnica –falible– de relajación la llevo aplicando día tras día desde que el delegado de Educación en Sevilla preguntó que para qué quiere un niño con autismo personal de apoyo, ¿para mover la lengua delante del espejo?, o ¿quieren un profesor particular detrás de cada uno con necesidades especiales? Tomar aire, soltar aire, cuando negó lo ocurrido; tomar aire, soltar aire, cuando al pedir disculpas –conminado a ello por Moreno Bonilla– ha atribuido la polémica a “un error en la interpretación” de su actitud y palabras; tomar aire, soltar aire, cuando la consejera dice que son “tres frases” fuera de contexto. Negar, restar importancia, dar a entender que las familias no se enteran, ¿o quizá exageran?... Hiperventilo.
La respuesta es sí, por supuesto: quiero que los niños y las niñas con autismo tengan a su lado especialistas junto a quienes mover lengua delante del espejo. Aunque me conformaría con que, en Sevilla y en el resto de Andalucía, las niñas y los niños con necesidades educativas especiales tengan personal suficiente para ayudarles en el control de esfínteres o en sus dificultades en la alimentación, y para que un día logren solitos quitarse el abrigo o abrocharse el babi. Para ayudarles a usar la botella urinaria o la cuña. Para acompañarles a la hora de hacer las fichas de clase. Para procurar la integración y relación con el resto de chaveas. Para su seguridad. Para su salud. Para su autonomía. Para su dignidad.
En el cole público andaluz al que va nuestro niño hay 13 alumnos con necesidades especiales y dos monitores de apoyo. En otras palabras, cada profesional se encarga nada menos que de seis o siete chiquitines de distintos cursos y aulas, que requieren atención, acompañamiento y asistencia especial para recibir su formación en igualdad de condiciones que el resto. Uno para siete con semejantes requerimientos, ¿les parece suficiente? He aquí el problema, más allá de la falta de humanidad que trasminan las palabras que tuvieron que soportar las familias de estos niños. De la política espero que los niños y las niñas con autismo aprendan a mover su lengüita ante el espejo. De los políticos, que ensayen en el espejo antes de soltar la suya.
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