El encanto de las prohibiciones en Sevilla

La aldaba

Es insuperable el "no apollarse en el lavabo" como el sacristán que estos días nos recuerda con malaje: "Aquí no hay nada que ver"

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Un cartel en el aseo de una taberna de barrio.
Un cartel en el aseo de una taberna de barrio. / M. G.

01 de abril 2025 - 04:00

El cultivo de los barrios de Sevilla es una grata experiencia en tiempos de un centro histórico cada vez más despersonalizado. En los barrios hay naranjos en flor en cantidades considerables, las calles no sufren aglomeraciones, las opciones de aparcamiento son más numerosas y los precios, en general, suelen ser más bajos. El malaje es el mismo, porque se trata de un fenómeno transversal. Y las prohibiciones son iguales... o mejores. Es una maravilla entrar en una heladería y toparse con una primera advertencia: "No echarse encima de la vitrina". ¿Cómo será el personal que se tira encima de una luna de cristal ovalada?. Hay una inmejorable en una taberna del Barrio León que no pasaría la criba de la Real Academia ni falta que le hace. "No apollarse en el lavabo". Y una vez más comenzamos un período de reflexión. ¿Y para qué se apoya uno encima de un lavabo? ¿A santo de qué? Se lava uno las manos y punto, ¿no? Mejor no darle más vueltas. En el Centro ya conocemos el letrero de Álvaro Peregil, el tabernero de la calle Mateos Gago y de la Plaza Ponce de León, que frecuenta las tertulias en la sede del denominado Aero macareno. Suyo es el cartel que reza "No correr por los pasillos", exhibido en el retrete de La Goleta, que tiene un urinario considerado entre los diez más pequeños de Sevilla. ¿Se puede tener más gracia? Sí, cuando se le pregunta a Álvaro por el bidé. Entra un señor al servicio y sale con la risa en el rostro. Eso no tiene precio. Y muy conocido es el letrero que en el centro de salud de San Luis recuerda una obviedad: "En este buzón no se recogen muestras de heces". ¿Qué habrá ocurrido antes de que alguien decidiera publicar semejante advertencia?

Estos días que vienen, que son los días del gozo y también del malaje, nos toparemos con prohibiciones escritas y verbales. Algunas de las que nos dictan en vivo y en directo son verdaderas maravillas del patrimonio inmaterial de la ciudad de la gracia y de la guasa a partes iguales. Es impagable ese sacristán parapetado tras una puerta entreabierta que nos ve llegar con la ilusión de contemplar un paso recién montado y que nos manda a freír espárragos con toda naturalidad: "Esto ya está cerrado, por aquí ya no se puede pasar". Y cuando le explicamos con inocencia que solo queremos admirar los pasos un minuto, el tipo saca la recortada en forma de respuesta tajante: "Aquí no hay nada que ver". ¡Qué ejemplo de sevillanía! ¡Qué momento más hermoso! ¡Sevilla pura! No busquen nada mejor porque no lo hay. Y nosotros desde la calle viendo de refilón el dorado de un candelabro de paso de misterio. Es que no sabemos apreciar lo que tenemos. "Oiga, venimos de parte de don Luis, el mayordomo". Y el tipo nos da nones en segunda instancia: "Aquí no hay nadie". Y portazo en las narices.

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