La aldaba
El fervor mitinero y el fervor tuitero
Todos seremos pianistas si desaparecen los pianos, sentenció Pedro Casariego Córdoba, y se lo enmiendo: ya no es necesario que desaparezcan para llegar a dar, de boquilla, un gran concierto. En Sevilla, sin que nadie nos pida nuestra opinión, cada año maestros liendres, tenderos, parroquianas y otros veros creadores de contenido a pie de calle, se meten a artistólogos para analizar la cartelería de los fastos de primavera. Lo cual –he de decir, para disgusto de cátedros– no me parece mal; los carteles, en teoría, son para proclamar y anunciar fiestas y festejos al vulgo, aunque se usen para otro tipo de fines y alardes. Ergo, ¡hablemos! Frente a quienes, en un ataque de iconoclasia, erradicarían todos estos carteles de la faz de esta tierra grande y mariana, servidora se decanta por el caos pictórico, el barroco 2.0., la comunión entre lo rancio y la modernez, y el “para gustos, colores”, muchos colores... Titulo esta columna como una de las cuentas geniales que perviven en la mancillada X, carteles horribilis, “enciclopedia del cartel cofrade incunable, lo horribilis como cátedra de arte”: aquí muero yo.
Del oficial, obra de Virginia Saldaña, se diría que tiene empeño de ser transparente. En el año I d.S., después de Salustiano (como dirían los hacedores del Solemne Triduo Heterodoxo), pareciera que promotores y artista se hubieran empeñado en pasar desapercibidos, y “no hacer gentes”. Del rojo fauvista y el Cristo vacilón a la Virgen en blanco como cartel discreto (ese oxímoron) va un trecho. Pero para ruido ya está la Macarena de Gordillo que, de tan poco que gusta, comienza a interesarme. No creo que el dilema esté en el artista, sino en esta vocación epatante por parte de los promotores, de que en la tradición entre por narices la modernura, como quien quisiera poner un rascacielos entre campanarios o enmarcar un pollock en su caseta. Olvidan que lo realmente moderno, disruptivo y artístico ya merodea de suyo, con gozo y sin forzamiento, en torno a la Semana Santa de Sevilla. Los símbolos, el color, el olor, los atuendos, el imaginario y cosmogonía de esta fiesta son fuente brava, antes que destino, de una creatividad potentísima (y transgresora tantas veces). De esta agua beben las criaturas de vanguardia, y se hartan aunque a escuras, porque es de noche. Pienso en el nivelón fotográfico de la revista Nazarenos, en los participantes del Cofradeland que abrió sus puertas ayer mismo, en Manuel León, María Cañas, Su Penkissima –que también ilustra, no se lo pierdan, este mes que acaba en el calendario de The Sevillaner…–, en el arriba mencionado Solemne Triduo Heterodoxo…, por no mencionar proyectos musicales, de videoarte y otras iniciativas que son envidia de foráneos y notifican una exploración artística, un arte y ensayo de ida y vuelta, en torno a nuestros ritos y mitos, que es oro en paño. No se las pierdan.
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