Carmen, la de Alemania

21 de febrero 2025 - 03:07

De algunos estrenos de cartelera me entero tardandillo. Como este de Carmen, adaptación de la de Bizet a cargo de Ernest Lubitsch, que fue en 1918. Puritico cine mudo alemán, me hace pensar en la ulterior Carmen la de Triana, que Goebbels reconvertiría en Carmen la de Berlín. Me la chuto en vena, porque a Lubitsch y su toque no le conozco un gatillazo, y por ver qué tal idealiza a Sevilla y a su gran mito femenino, esa representación del potente arquetipo de la mujer salvaje esculpido a martillazos –a golpe de miedo y deseo– por la mano de los hombres.

Empiezo mi crítica por la evocación-equivocación de Sevilla: cero estrellas, lo que le da calidad a la película. Y me explico: la Sevilla de Lubitsch es algo así como Villar del Río encalado para solaz de los americanos en Bienvenido Míster Marshall. La Real Fábrica de Tabacos no alcanza la condición de retablillo, los parroquianos de la taberna de Lillas Pastia se peinan con un petardo, la Maestranza parece una mezquita, las murallas parecieran cercar una aldea montuna, y el flamenco es una sucesión de cabriolas zíngaras que se ejecutan con furor en lo alto de las mesas. Me resulta deliciosa esta fragancia a serie Z y me ayuda a mirar cómo nos mira el autor foráneo a través de las gafas de otros creadores foráneos que miraron atónitos a este exótico Sur. Conclusión: el exotismo de Sevilla habita en el ojo de quien la mira. Como en tantas otras ocasiones, desde los viajeros románticos a Roberto Arlt, pasando por Whoopi Goldberg, el resultado es descacharrante. Y refiero a Goldberg porque cuando, hace unos días, en su programa The view enfatizó la palabra Spain para hablar de ese Montoya utrerano que se parte la camisa y corre la playa como un loco –caballo que se desboca/ al fin encuentra la mar/ y se lo tragan las olas–, está aludiendo sin querer a una Andalucía (y a Sevilla como epítome) por siglos idealizada. Y matizaría Silvio: “Sevilla es España. Pero España no es Sevilla”.

Acabo mi crítica con la evocación de Carmen: cinco estrellas. Lubitsch reconvierte a la carnal trianera en la musa moderna a la manera de Valle-Inclán, gitanilla de peso pluma interpretada por Pola Negri, que enarca la pierna, se cimbra, se ondula, se comba, se achula. Graciosa –más que cuando Chaplin, interpretando a José el navarro, se peinaba el bigotillo–, Carmen vuelve majara al apuesto soldado al que le falta plazoleta. En esta cinta, la perdición de los hombres –con su inherente punto chungo, o tóxico, como lo llaman ahora– es un granito de pimienta que refresca el sabor denso y negro con que tantas veces han dibujado a la mujer ignota del ignoto Sur. Frente a otras representaciones del terror húmedo que entraña el arquetipo, la Carmen de Lubistch se me antoja, por airosa, la mar de sevillana.

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