
Joaquín Aurioles
Las instituciones informales
Vivíamos en una pesadilla recién estrenada. A estas alturas de 2020 se habían suspendido veinte festejos taurinos, el fútbol se jugaba a cencerros tapados, la espiral de sofocones iba in crescendo y el pueblo contemplaba con los ojos como platos un panorama como de día después. Y en este tiempo de vísperas gozosas, un acto había alcanzado su mayoría de edad, el invento aquél del anual Homo Cofrade, hijo de un grupo de rancios maravillosos. Cuaresma de 2020 y nuestro gozo en un pozo, pues se tenía que aplazar la entrega al jándalo José Antonio Fernández Cabrero a causa del confinamiento. Un año hubo de esperar la cosa para que se celebrara en un Miércoles Santo sin pasos por las calles. Nunca más hubo Homo y la pesadilla terminó, pero a todos nos dejó marcadas a fuego sus secuelas. Qué horror.
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