"A veces he sacado musculitos en el bordillo en vez de tirarme a la piscina"

Rafael Reig. Escritor

El autor depura su estilo en 'Lo que no está escrito', un 'thriller' de terrores íntimos.

Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), ayer en una calle del centro de Sevilla, momentos antes de realizar la entrevista.
Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), ayer en una calle del centro de Sevilla, momentos antes de realizar la entrevista.
Francisco Camero

03 de octubre 2012 - 05:00

A veces, para medirnos, es necesario acatar algún límite. Rafael Reig comprendió esta verdad encerrada en una paradoja y se impuso el desafío. Lo que no está escrito, editada por Tusquets, es la novela más austera de un escritor cuya voz poderosa solía dejarse llevar por sus propios hallazgos, atenta a los felices relámpagos del ingenio, la brillantez y la risa, que eran a la vez atajos en el camino y el camino mismo. Ahora, sin dejar de ser reconocible en unas páginas de prosa depurada y precisa como nunca, el autor de Manual de literatura para caníbales, Sangre a borbotones o Guapa de cara propone una historia más cerrada, que se encamina desde el principio a un desenlace que el lector desea averiguar, por la atmósfera de suspense y amenaza que flota en ella en todo momento, pero también demorar.

Un padre divorciado recoge a su hijo adolescente para pasar con él un fin de semana en la sierra; cuando ya se han marchado, la madre, su ex mujer, descubre que el primero, como por descuido, le ha dejado el manuscrito de una novela que acaba de terminar, un hard-boiled castizo con una trama de extorsión, fatalidad y violencia que la mujer mujer irá interpretando, cada vez más desquiciadamente, como un sádico mensaje cifrado de un ex marido dispuesto a todo, incluso a secuestrar a su propio hijo, para lastimarla a ella. Si en Todo está perdonado Reig ajustaba cuentas con la mal o peor resuelta Transición, en Lo que no está escrito cierra el plano -como si pasara de hacer una película de David Lean a rodar una a lo Cassavettes- para contar una inquietante historia de rencores, malos presagios, miedos íntimos y heridas sin cerrar.

-¿Por qué ese cambio de escala?

-Me hacía falta cambiar de estilo. Siempre he tenido en cuenta lo que decía Einstein: estupidez es hacer una y otra vez lo mismo y esperar un resultado diferente. Para mi desgracia, soy bastante brillante e ingenioso [risas]. ¡Pero eso es malo! Quería que hablara la narración, escribir una novela ya de mayores, ponerlo todo al servicio de una historia. Que era algo que no me había atrevido a hacer.

-A eso se refería cuando dijo que a partir de esta novela ya se consideras plenamente un narrador...

-Exacto. Si soy capaz de escribir incluso en contra de mis facilidades, incluso en contra de lo que se me da bien, si aun así soy capaz de escribir, yo creo que ya puedo con todo. Que me echan lo que sea. ¡Que me echen leones! Esto quería demostrármelo a mí mismo. Tenía esa idea de escribir algo mucho más contenido y a la vez más íntimo.

-¿Deberían sus seguidores ir despidiéndose de su faceta más gamberra y alucinada?

-A ver. Este libro es diferente, sí... ¡pero aquí también veo gamberrismo, aquí también hay humor! Menos, lo admito, pero hay humor. No creo que sea un cambio irreversible, en absoluto. Simplemente estoy intentando incorporar el humor desde otro sitio. Porque si sólo es humor y sólo es brillantez, bueno... A mí algunas veces se me quedaba, no sé... Vale, has sacado mucho músculo: ¿y? Creo que a veces he estado sacando musculitos en el bordillo de la piscina en lugar de tirarme y nadar un largo, que es lo que hay que hacer.

-Ya sabe lo que suelen decir los escritores: que escriben para averiguar qué es lo que querían decir. ¿Qué ha sacado usted en claro?

-Me ha sorprendido ver cómo me dejaba llevar. Cómo sacaba lo peor de mí. Yo pienso que no soy un tipo raro, pero me ha sorprendido descubrir que he sido alguna vez el padre psicópata, y la madre neurótica que se justifica continuamente, y el niño asustado. Aunque al principio me molestaba un poco el título...

-¿Por qué?

-Me parecía de novela de jovencito. ¡Eh, atención, atención: lo que no está escrito! [guiñando el ojo varias veces]. Pero es verdad que dice mucho del núcleo de la novela, de todas esas cosas que no se confiesan pero que están ahí. Ahora ya sí me gusta. El título que quería al principio era Razón de más. Mi idea era que a todos los personajes les sobraba razón. Todos tienen razones de más para actuar como actúan. Demasiada razón y poco corazón. Y yo creo que ésa es la tragedia. Que todo el mundo tiene razón desde su punto de vista, no hay más que leer a Shakespeare. Con las mejores intenciones se hacen barbaridades. Eso sigue en el libro pero al final me decidí por éste... y le vendí Razón de más a Eduardo Vilas por una botella de whisky.

-De todas sus novelas, ésta es, claramente, la que tiene una estructura más sólida, más trabajada...

-Sí, como tirada a escuadra, ¿no? A mí me gusta la cocina literaria. Hago mis experimentos. Pero siempre me había podido la vanidad. Porque para hacerse un esquema y seguirlo a veces tienes que renunciar a una cosa brillante que se te ha ocurrido. Esta vez me he subordinado y he hecho sólo lo que pedía la novela. Dejar que sea la novela la que se explique y no salir yo, con el distanciamiento brechtiano, diciendo: atención, esto que viene es muuuuuuy bueno [risas]. No, no. No podía ser. Lo he pasado bien, pero después de pasarlo mal. He necesitado la ayuda de amigos, que me decían: mira, aquí se te oye demasiado.

-Parece que el principal trabajo ha sido borrarse a sí mismo...

-Pues sí. Pero es que yo creo que es la primera obligación de un narrador. Desaparecer, hacerse transparente. Porque una novela no tiene que tratar de mí, tiene que tratar de ti, de la persona que lo está leyendo. Si no, no vale para nada.

-Vueve usted a su manera, en el manuscrito, en la novela dentro de la novela, a la novela negra. ¿Por qué le interesa tanto el género?

-Pues porque tira del lector. Hombre, a mí me gusta mucho leer a Thomas Bernhard y a Juan Benet, pero ahí tienes que tirar tú de la novela. La novela negra te mantiene en vilo y eso es lo que procuro aprovechar de ella. Siempre me han gustado los clasicotes: James M. Cain, Raymond Chandler, James Hadley Chase, que es un poquito eroticón, violento... es malo en realidad, pero a mí me gusta. ¡Y odio a Dashiell Hammet!, me aburre. La novela negra moderna me interesa ya un poquito menos. Creo que escribir novela negra hoy en día es como escribir autos sacramentales. Empezó en los años 20, con la Depresión, con el capitalismo mostrando su cara más siniestra...

-Precisamente. ¿No le parece, entonces, que eso hace que hoy vuelva a tener más sentido que nunca?

-Es que yo creo que ya directamente hay que acudir al terror. Porque la novela negra no es suficiente.

-Usted que es tan batallador, tan crudo hasta con la izquierda oficial, ¿cómo vive el momento actual?

-Con una gran esperanza. Es un momento revolucionario...

-¿Ah, sí? Da la impresión de que no va por ahí la cosa...

-Bueno, bueno, no lo sé... Decía Lenin que la revolución no se produce cuando los explotados no aguantan más, sino cuando los explotadores ya no pueden seguir viviendo como viven. Y eso sí que está empezando a pasar. Si alguna esperanza hay de revolución, que no creo que la haya, yo no he visto ningún momento en el que hayamos estado más cerca.

-Es usted optimista, entonces...

-Yo soy optimista. Históricamente optimista, sí. Yo creo que después de más de veinte siglos no puede durar mucho más esto. Una sociedad sin clases y una vida en condiciones de igualdad... eso ya tiene que estar al caer, hombre [risas]. Es como cuando llevas mucho tiempo esperando y te dices: bueno, no lo voy a dejar ahora, ¿no?

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