"Ni nutre ni sana"

De libros

Una antología de Sylvia Plath traducida por Raquel Lanseros ayuda a conocer el singular mundo de la autora

Sylvia Plath (Boston, 1932 - Londres, 1963).
Sylvia Plath (Boston, 1932 - Londres, 1963).
M. Ángeles Robles

03 de abril 2018 - 06:00

La ficha

'Antología poética'. Sylvia Plath. Escogida por Ted Hughes. Edición bilingüe traducida por Raquel Lanseros. Navona Editorial. Barcelona, 2018. 176 páginas. 21,50 euros.

La norteamericana Sylvia Plath (1932-1963) es reconocida como una de las más importantes escritoras del siglo XX, pese a que únicamente publicó en vida un libro de poemas, El coloso (1960), y una novela, La campana de cristal (1963). También a pesar de que su vida atormentada, su conflictiva relación con su marido -el también poeta Ted Hughes- y con su familia y, por encima de todo, su trágico suicidio, cuando tan sólo contaba treinta años, empañan en ocasiones el análisis crítico de su obra. La Antología poética recién publicada por Navona Editorial reproduce fielmente su libro de referencia, Selected poems, que fue editado por primera vez en 1985 por Faber and Faber siguiendo una selección de Ted Hughes. La recopilación, que ahora se presenta en edición bilingüe traducida por la poeta Raquel Lanseros, guarda, al igual que la obra en inglés, una secuencia cronológica que va de 1956 a 1963. Nos encontramos, pues, ante la inestimable oportunidad de conocer una amplia muestra de la poesía de Plath, una poeta "de vastísima cultura, cuyo magistral manejo de la lengua resulta una riqueza deslumbrante para el lector que se adentra en sus versos", como nos advierte Raquel Lanseros en la nota incluida en esta cuidada edición.

Lanseros reconoce en su breve introducción, en la que destaca su admiración por la poesía de la norteamericana y desvela sinceramente sus intenciones como traductora, que "no siempre resulta sencillo verter" el "complejo universo" de Plath "conservando esa singular sutileza que rodea todas sus descripciones, tanto físicas como emocionales". Ella lo consigue con una traducción respetuosa, que cuida los matices, que arriesga a la hora de tomar ciertas decisiones y que, sobre todo, está marcada por el ritmo apasionado de su evidente conexión con la escritora traducida.

Con una voz desgarrada, dulce y tierna, Plath construye belleza a partir de la desolación

La revisión de la poesía de Plath a través de esta nutrida selección dispuesta cronológicamente nos ayuda a hacernos una idea clara de la contundencia, la valía, la originalidad y la grandeza de una poeta con un mundo propio singular, descarnado y emocionante por igual. Resulta admirable su imponente capacidad para crear imágenes sugerentes e inquietantes y su valor para encadenarlas libremente y recrear así un espacio poético que no se parece a ningún otro.

Son la mayoría de estos poemas cantos desgarrados ante la incomprensible realidad, pero son sobre todo una manera de conjurar el tedio emocional. Plath no se conforma -"hielo y roca, cada sentimiento dentro de un límite, / Y la gélida disciplina del corazón / Exacta como un copo de nieve" (Solterona) -, no aspira a vivir con los ojos cerrados, por más que sea horror y desencanto lo que vea al abrirlos: "Hoy / hoy no voy a desilusionar / a mis doce inspectores vestidos de negro / ni voy a apretar los puños / ante el desprecio del viento". (Resolución).

Es esa incapacidad para integrarse anestesiada en una sociedad -reflejo de su familia, de su matrimonio, y hasta cierto punto, de su papel de madre- incapaz de aceptar sus peculiaridades, su libertad, sus miedos y su inestabilidad emocional lo que da peso a su voz poética, que en ocasiones se define por lo que no es. "Yo no soy más madre tuya / Que la nube que condensa un espejo para reflejar su propia lenta / Desaparición en las manos del viento", nos dice en su emocionante Canción matutina. O "no soy nadie; no tengo nada que ver con las explosiones. / He entregado mi nombre y mi ropa a las enfermeras / Mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos", en el poema Tulipanes, en el que rememora su paso por el hospital.

Esta voz poética desgarrada, pero también capaz de alzarse dulce y tierna, toma forma definitiva y se afianza en sus últimos poemas, en los que se repiten imágenes de asombrosa plasticidad. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la recurrente presencia del color rojo: el de las salchichas "rojas, moteadas, como cuellos cortados" (Pequeña fuga) o el de las amapolas "Centelleando así, arrugadas y rojas, como la piel de una boca" (Amapolas en julio) o de los tulipanes que son "… demasiado rojos, para empezar, lastiman" (Tulipanes).

De esta última etapa son los conmovedores y soberbios Reunión de abejas ("Estoy desnuda como un pescuezo de pollo, ¿es que no me quiere nadie?/ […] / "no olerán mi miedo, mi miedo, mi miedo"), Papá ("Estás delante de la pizarra, papá, / En la foto que tengo de ti, / Con un hoyuelo en la barbilla en lugar de en el pie / Pero sin dejar por eso de ser un demonio, y mucho / Menos el hombre nefasto que / Mordió en dos mi lindo corazón rojo") o Corte ("Esto es toda una celebración. / Desde la brecha / Salen corriendo un millón de soldados, / Todos Casacas Rojas"), los tres de 1962. De ese mismo año es Amapolas en octubre, casi el único poema de celebración de la vida que contiene el libro y que se configura como un hermosísimo ejemplo de la capacidad de Plath para construir belleza a partir de la desolación: "Un regalo, un regalo de amor / En absoluto solicitado/ […] / Oh, Dios mío, quién soy yo / Para que estas bocas tardías griten abiertas / En un bosque de escarcha, en un amanecer de acianos".

Para Sylvia Plath la poesía "ni nutre ni sana" pero es ese "arroyo que nos apremia" (El balneario calcinado) a cuestionarnos y a buscar, que nos invita asomarnos a un espejo "tal y como es, sin rastro de amor o desprecio" (Espejo).

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