Albión en el Sol naciente

Historia y aventuras de un átomo | Crítica

El Paseo publica la primera edición española de la novela en la que Tobias Smollett, uno de los tardíos iniciadores del género en la literatura ya británica, satirizó la geopolítica de su tiempo

Tobias Smollett (1721-1771) hacia 1770.

La ficha

Historia y aventuras de un átomo. Tobias Smollett. Traducción de Victoria León. Prólogo de Manuel Gregorio González. El Paseo. Sevilla, 2024. 174 páginas. 22,95 euros

De Tobias Smollett, el primer autor escocés de la naciente literatura británica, pudo decir Harold Bloom que era el más olvidado entre los grandes novelistas del XVIII en lengua inglesa, pero fuera del ámbito académico su obra ha sido reivindicada en las últimas décadas y también en España, donde apenas se lo conocía, están viendo la luz sus títulos más celebrados. Antes de triunfar como novelista, Smollett había ejercido como médico –cirujano en la marina de guerra, estuvo presente en el célebre e infructuoso asedio a Cartagena de Indias– o poeta y dramaturgo frustrado, y luego se desempeñaría también como editor, traductor, historiador y ensayista, pero fueron sus narraciones satíricas las que le dieron notoriedad y una posición desahogada, desde la primera y más exitosa Las aventuras de Roderick Random (1748), de evidente contenido autobiográfico, hasta la casi póstuma y epistolar La expedición de Humphry Clinker (1771). Dos años antes de esta última, considerada su obra cumbre, Smollet publicó anónimamente otra curiosa y extravagante novela donde aunaba el gusto por la crítica de costumbres y caracteres, de una causticidad atenuada por el buen humor, y su sólido conocimiento de las relaciones internacionales. De la mano de El Paseo, Historia y aventuras de un átomo (1769) se presenta con brillante prólogo del ensayista y crítico Manuel Gregorio González y excelente traducción de la poeta Victoria León, que explican con admirable precisión, el primero en el texto introductorio y la segunda en las notas, el sentido, la intención y las múltiples alusiones no expresas.

Smollett traslada la geografía europea al lejano Oriente, más imaginario que remoto

Con la erudita e impecable prosa que lo caracteriza, después de desmenuzar el fecundo cruce de influencias que concurren en el relato, el prologuista sostiene que la novela de Smollett toma como modelo una obra española del siglo anterior, El diablo cojuelo (1641) de Vélez de Guevara, libremente recreada por Lesage, el autor de Gil Blas de Santillana, en una versión francesa –Le Diable boiteux (1707), aparecida el año del Acta de Unión con el que nace oficialmente el Reino de Gran Bretaña– que el propio Smollett traduciría al inglés. Ahora bien, tanto el Gil Blas, también traducido por el escocés, como las novelas picarescas que lo inspiraron se acogían a un propósito moral que como señala Manuel Gregorio se adaptó en el XVIII, sin dejar de ser disolvente, a la perspectiva propia de la mentalidad de su siglo. Y si en Vélez es un entrañable demonio, más juguetón que malvado, el que ejerce la censura de los vicios e hipocresías de la corte madrileña, en Smollett, hijo al cabo de la Ilustración, será la partícula elemental, un átomo itinerante y más bien sabihondo, quien proyecte sobre el insatisfactorio estado de las cosas del mundo la “mirada distante, falsamente objetiva, de un ente extraño, que ultrapasa y resume una realidad mostrenca”. Esa realidad aparece, además, transfigurada, por obra de un ingenioso desplazamiento que traslada la geografía europea al lejano Oriente, un entorno más imaginario que remoto –el vago espacio de la alegoría– donde las naciones y sus colonias se recrean de modo caprichoso pero reconocible, por la época de la Guerra de los Siete Años (1756-1763) que los estudiosos han caracterizado como el primer conflicto global en la declinante edad moderna.

El relato cifra la actualidad en vísperas de las revoluciones norteamericana y francesa

En la previa “Advertencia del impresor al lector”, Smollett se acoge al consabido expediente del manuscrito encontrado y define precavidamente su contenido como “una historia extranjera sin relación o similitud alguna con los trajines de estos tiempos nuestros”. Toma luego la palabra el editor, el mercero Nathaniel Peacock, que dice haber sido interpelado mientras “meditaba sobre la incertidumbre de la dicha sublunar” por un átomo parlante, ahora parte de su cuerpo, el cual está decidido a divulgar “unas extrañas revoluciones en el imperio del Japón” con idea de instruir a los “ministros británicos”. Las islas del Sol naciente son un trasunto de Albión, como China lo es de Francia o Corea de España, pero en el relato abundan las denominaciones inventadas para otras naciones o personajes –el índice de nombres en clave revela al final las correspondencias– que cifran la actualidad europea casi en vísperas de las revoluciones norteamericana y francesa. La combinación de sátira, escenario utópico –también inspirado por la literatura de viajes y navegaciones a lugares exóticos, en los confines de ultramar– y política contemporánea, de la que el autor demuestra estar muy bien informado, con referencias a personalidades concretas, aunque veladas por temor al castigo, le da a la Historia un carácter singular que no desmienten los ecos de Swift, Voltaire y otros ilustrados. En su prosa ácida y desinhibida, volcada con todo rigor por la traductora, resuena sin embargo, como también dice el prologuista, la veta más visceral y escatológica que representarían Rabelais o Quevedo.

'La orgía' de William Hogarth, parte de la serie 'El progreso del libertino' (1732).

Del pícaro al burgués

Con Defoe y Swift como grandes iniciadores, la novela británica del XVIII tiene en Richardson, Fielding y Sterne a sus representantes más conspicuos, a los que se suma un Smollett que no desmerece de sus coetáneos y recibió como ellos el poderoso influjo de la literatura española de los Siglos de Oro, a través del doble referente del príncipe de los ingenios –que daría nombre a la Cervantean fiction– y las novelas de la picaresca, gracias a cuya difusión los protagonistas del Lazarillo, el Guzmán o el Buscón se convirtieron en personajes de proyección europea. Aunque no está claro su grado de dominio del castellano, que conoció durante sus estancias en América, Smollett firmó una alabada traducción del Quijote (1755) que no ha dejado de reeditarse y de la que se celebra su capacidad para transmitir el humor de la obra original. En los renovadores de la tradición, sin embargo, incluidos los propios españoles –Manuel Gregorio cita la Vida (1743) de Torres Villarroel, a quien él mismo dedicó un lúcido ensayo, como la “primera autobiografía burguesa de la historia”–, los arrastrados pícaros del Seiscientos han sido sustituidos por aventureros, arribistas o caballeros sin fortuna, también por lo que hoy llamaríamos emprendedores, que anhelan el ascenso en una era preindustrial pero ya casi moderna donde el culto a la individualidad no se enfrenta todavía a las muchedumbres urbanas.

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