La batalla de las ideas

McEwan se sumerge en el espionaje durante la Guerra Fría para contar una historia de grandes personajes, múltiples matices y amenísima lectura.

Retrato del escritor británico Ian McEwan (Aldershot, 1948).
Retrato del escritor británico Ian McEwan (Aldershot, 1948).
Ignacio F. Garmendia

12 de enero 2014 - 05:00

Operación dulce. Ian McEwan. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2013. 400 páginas. 19,90 euros.

Definir qué cosa sea una buena novela es mucho más difícil que reconocerla como tal. Esto último está al alcance de cualquier lector medianamente experimentado, sin otro bagaje que su propia experiencia o el recuerdo de otras novelas con las que poder contrastar el modo en que uno u otro escritor abordan asuntos parecidos. El tema del espionaje y en particular la soterrada pugna que tuvo lugar, tras la última posguerra mundial y la rápida configuración de los bloques respectivos, entre los servicios de inteligencia de las naciones occidentales -el llamado, de forma no del todo injustificada, mundo libre- y sus homólogos de los países del Este, ha sido abordado infinidad de veces por escritores prestigiosos o populares, precisando que lo segundo no se opone a lo primero. Hemos leído o visto en el cine muchas de esas historias, mejor o peor contadas y más o menos tendenciosas, porque se trata de un tema donde no es -no era- sencillo evitar la propaganda. En Operación Dulce, que es una novela de espías en toda regla, aunque como todas las buenas novelas ofrezca otros estímulos, Ian McEwan demuestra una vez más las razones por las que es considerado uno de los mejores narradores de su generación, que en Inglaterra incluye a bastantes nombres indiscutidos.

El autor de Amsterdam ya había tratado del espionaje durante la Guerra Fría en El inocente, pero ahora ha conectado ese mundo -no pocos de los agentes eran personas formadas en las mejores universidades- con el de los intelectuales, bastantes de los cuales participaron, consciente o inconscientemente, en la batalla de las ideas. Con la caída del telón de acero florecieron instituciones como el famoso Congreso por la Libertad de la Cultura, financiado por la CIA, u otras iniciativas travestidas -la revista Encounter, desenmascarada con gran escándalo- que buscaban contrarrestar el eficaz agit-prop de los medios filocomunistas entre la juventud contestataria y los círculos de escritores o artistas, que mostraban una preocupante simpatía por las tiranías sometidas al dominio de la URSS. La novela de McEwan se sitúa en la deprimida Gran Bretaña de los primeros 70, por los años convulsos en que se afirmaba -era mentira, como tantas otras cosas- que la RDA había superado los niveles de prosperidad del Reino Unido. Dicho contexto está admirablemente descrito en la novela, que constata el temor de los responsables de la inteligencia a que la crisis energética, el terrorismo del IRA, las huelgas salvajes y el descrédito del capitalismo conllevaran la descomposición de un país que llegó a reducir la semana laboral a tres días y en el que buena parte de la izquierda -para la que el gulag, por ejemplo, seguía siendo una leyenda negra- continuaba cegada por el espejismo soviético. A todo ello se sumaba la psicosis por el descubrimiento de agentes dobles y la certeza de que había decenas de infiltrados en los órganos de gobierno.

Los personajes de Operación Dulce -el nombre, Sweet Tooth, alude al propósito de atraer a los ingenios potencialmente aliados mediante subsidios encubiertos- son parte principal de su atractivo, no tanto los personajes en sí mismos como la manera en que nos los presenta McEwan, retratando sus sinuosidades y contradicciones. Sobre tres de ellos recae el mayor protagonismo: el veterano profesor de Cambridge, idealista a su modo -un modo reflexivo y a veces cínico- pero comprometido con las labores del espionaje; la hermosa hija del obispo anglicano que estudia Matemáticas a su pesar, mientras devora novelas sin demasiado criterio, y que acaba enrolada en los servicios de inteligencia casi sin darse cuenta, de la mano del tutor de un medio novio de la Facultad; y el joven escritor, docente en una universidad de escaso prestigio, al que pretenden no captar para la causa, dado que el mecenazgo que se le ofrece no es directo, sino ganarlo sin que lo sepa por medio de una subvención que le permita emanciparse de la docencia, a la espera de que afloren en su obra futura -de momento es sólo una promesa- las opiniones aprovechables que han apuntado algunos de sus artículos.

McEwan dice haberse inspirado en las memorias de un personaje real, la brava e implacable Stella Rimington -primera mujer que dirigió el MI5-, a la hora de describir las interioridades del servicio -por ejemplo la deprimente sede central, la estricta jerarquía interna de los trabajadores de la casa o la rivalidad con el MI6, responsable de las operaciones exteriores- y lo cierto es que su reconstrucción no puede ser más verosímil. Fuera de los personajes y del contexto, sin embargo, el talento del novelista se manifiesta sobre todo en la perfecta estructura de Operación Dulce, que encierra no pocas enseñanzas acerca del modo en que se relacionan la realidad y la ficción y anima -porque sólo al final se muestran todas las cartas- a una inmediata relectura en cuanto se acaba el último capítulo, que tiene la forma de una carta. Antes conocemos otra, breve pero clarificadora, que resuelve uno de los grandes enigmas de la trama, relacionado con la misteriosa muerte de uno de los personajes y con el ingreso de la protagonista, cuyo nombre es Serena From, en los servicios de inteligencia.

El desenlace recuerda al de Expiación, la última gran novela de McEwan si dejamos aparte la igualmente seductora pero menos ambiciosa Chesil Beach, y aunque algo impreciso puede intuirse, el giro no deja de sorprender y de admirar, pues de las palabras de la carta se infieren más datos de los que se dicen expresamente. Tal vez, en otro sentido, esa voz final resulte demasiado explicativa, pero como cierre es de una brillantez indudable. En los capítulos anteriores hemos podido leer varios de los relatos del escritor liberado, Tom Haley, que en algún caso remiten a obras anteriores de McEwan -Entre sábanas- y en todos enlazan de forma sutilísima con diferentes aspectos de la historia, de manera que el conjunto avanza en varios frentes conectados que dosifican la información al alcance del lector y la que manejan los propios personajes, lectores asiduos. Toda esta complejidad -y en ello se aprecia la maestría de McEwan- no le resta amenidad a Operación Dulce, que de hecho, pese a los guiños literarios, también narra las etapas de una educación sentimental y se lee con una facilidad engañosa. Muchas otras cosas se podrían añadir, pero acabaremos apuntando que el personaje de Serena, con sus limitaciones y por ellas, es como para enamorarse perdidamente.

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