El siglo del 'Grand Goût'

GUIDO GARCÍA | CRÍTICA

Guido García y la belleza del clave Rucker.
Guido García y la belleza del clave Rucker. / Lolo Vasco

La ficha

****Femàs 2025. Programa: ‘Huitième Ordre’ del `Segundo libro de piezas de clavecín’, de F. Couperin; Suite francesa nº 2 en Do menor BWV 813, de J. S. Bach; Suite nº 7 en Sol menor KWV 432, de G. F. Haendel. Clave: Guido García. Lugar: Espacio Turina. Fecha: Miércoles, 2 de abril. Aforo: Un tercio.

A pesar de sus resistencias, Francia acabó por perder la batalla musical frente a Italia en el siglo XVIII, no sin que por el camino se desarrollaran sonadas querellas. Pero donde sí que consiguió la música francesa colonizar Europa fue en el terreno de la suite, esa forma instrumental y orquestal en la que tras una obertura se van sucediendo una serie de danzas codificadas. La encontramos cultivada por toda Europa, llenando de nombres franceses de elegante evocación cientos de composiciones continentales.

Este fue el eje del magnífico concierto del clavecinista sevillano Guido García, que a sus veinticuatro años es ya algo más que una promesa. El programa era todo menos sencillo, con una larga suite de François Couperin y otras sendas suites de Bach y Haendel nada menos. Y sin interrupciones, con una impresionante capacidad de concentración y con un acercamiento a cada autor que muestra un estudio profundo de su estilo.

Como hacían los clavecinistas franceses de la época, García empezó con un a modo de obertura de propia cosecha pero plenamente integrada en la suite siguiente. El fraseo inégal no tiene secretos para él, que estira y encoje las frases buscando las notas con mayor carga expresiva. La pulsación es limpia, la articulación clara y sabe jugar con la tímbrica del instrumento, como en la Sarabande de Bach, con registro de laúd en el teclado superior en diálogo con el inferior en un momento de inusual belleza y poesía. Ornamentó con mucho gusto y virtuosismo, mostrando madurez y musicalidad. Con la complicidad del sonido del bello instrumento Rucker de Alejandro Casal, de una nitidez y brillo insuperables, las versiones de Guido García presentaban igual presencia en las dos manos, algo que en la suite de Bach fue esencial dada la complejidad del desarrollo del bajo de este autor. Salvo en pocos momentos puntuales de su Couperin de tempo demasiado cuadrado, el fraseo fue fluido y elegante desde la limpieza y nitidez de su pulsación. En sentido hay que alabar su manera de atacar los rápidos arpegios iniciales de la Ouverture de Haendel, así como poco antes se había recreado en las figuras sincopadas de la Gigue final de la suite de Bach. Como broche dejó una fresca y brillante lectura de la Pasacaille de Haendel, con todo un muestrario de recursos técnicos y expresivos en las sucesivas variaciones.

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