Los años de plomo

¿Por qué se aceptó el crimen como arma política? Giorgio Fontana plantea la pregunta en una novela en cuyo fondo reverbera la idea del perdón.

El escritor italiano Giorgio Fontana (Saronno, 1981).
El escritor italiano Giorgio Fontana (Saronno, 1981).
Manuel Gregorio González

15 de mayo 2016 - 05:00

MUERTE DE UN HOMBRE FELIZ. Giorgio Fontana. Trad. Pepa Linares. Libros del Asteroide. Barcelona, 2016. 264 páginas. 19,95 euros.

En esta novela se trata un tema poco usual en la literatura italiana: el largo periodo de terrorismo que padeció Italia, entre finales de los 60 y los primeros 80, y que se conoció como los años de plomo. Unos años de plomo que, como el lector no ignora, se abatieron sobre buena parte de Europa occidental y que en España se prolongarían, dolorosamente, hasta ya entrado el siglo XXI. Como digo, es fácil encontrar en la literatura policial italiana (Camillieri, Vichi, Lucarelli) novelas que aludan, de algún modo, al periodo de la guerra mundial, y cuyos crímenes tienen su origen en aquella época. No es tan frecuente, sin embargo, esta aproximación a un pasado próximo, cuyos protagonistas y cuyo necio y cruel argumentario ideológico siguen, en gran medida, vivos. Podríamos mencionar apenas el estupendo relato de Von Rezzori, Afanjáuer, y uno de los libros más escalofriantes que ha dado la segunda mitad del XX: El caso Moro de Leonardo Sciascia.

Recordemos que El caso Moro fue fruto de la investigación parlamentaria que, como diputado del Partido Radical, llevó a cabo Sciascia en 1978. De aquella investigación se dedujo, sin embargo, no sólo la pobre retórica de las Brigadas Rojas y su firme voluntad homicida, sino la extraordinaria mezquindad con que la clase política sorteó el secuestro del dirigente democristiano, ignorando sus ruegos y atribuyendo a la locura sus razonables y razonadas peticiones de liberación. El hecho, en cualquier caso, es que esta Muerte de un hombre feliz no se habría escrito, probablemente, sin la precisa reconstrucción política y moral que Sciascia acomete en dicha obra. Y no se habría hecho porque la ambición de Fontana, más allá de articular con solvencia una intriga jurídico-policial, es la de ofrecer al lector la textura del mundo -la Milán del año 81- que hizo posible aquellos años de plomo. Quiere decirse, pues, que el primer movimiento de Fontana no es tanto un movimiento de documentación -necesaria, por otra parte-, como un amplio gesto analítico en el que se tratan de elucidar las diversas fuerzas que operan en aquel drama.

Al cabo, la pregunta que se hace el fiscal Giacomo Colnaghi, protagonista de esta novela, no es otra que la de por qué unos jóvenes de clase media, en la Italia del milagro económico, abrazan la causa del terrorismo y ejecutan, selectivamente, a los representantes de un Estado democrático. Y aún más allá, por qué celebran, con odio inexcusable, el asesinato de hombres inermes a quienes no conocen. Sobre el fondo de la novela de Fontana reverbera, tibia pero constantemente, la idea del perdón. Un perdón que debe asociarse a la ideología democristiana de aquel momento, pero que va dirigido a desentrañar el odio hermético, distante, inatacable, con que se dirigen los terroristas. Esa es la postura del fiscal Colnaghi cuando interroga a un representante de las Brigadas Rojas; y esa es la idea que rige sus actuaciones -comprender las motivaciones últimas de quienes alientan el odio y la sed de venganza-, aun cuando dicho liberalismo se cruza con la indiferencia y el desprecio de sus adversarios. En todo caso, al acudir a estas visiones contrapuestas, Fontana no hace sino escenificar el diverso concepto de sociedad que se deriva de ambas. Para un esbirro del Estado como Colnaghi, el perdón es tanto un presupuesto íntimo como un agente moderador de las leyes. Para los jóvenes matarifes, sin embargo, el perdón es una debilidad execrable que entorpece y ofusca la lucha de clases.

Se da la circunstancia, brillantemente introducida por Fontana, de que el esbirro Colnaghi es huérfano de un partisano, ejecutado por los nazis. Y serán los nuevos bárbaros de la clase media, en cuya vaga mitología se incluye una lucha partisana que no conocieron, quienes desprecien a Colnaghi por burgués y colaboracionista. Ese cambio de óptica, esa acre y nebulosa mitología postiza, es la que el fiscal Colnaghi no alcanza a comprender, y la que el novelista Fontana expone de una manera oblicua, inteligente, estremecida y compleja en esta Muerte de un hombre feliz. La pregunta que se deduce de estas páginas es, pues, de naturaleza doble: por qué se aceptó el crimen como arma política, y por qué fueron las clases favorecidas quienes alentaron y propiciaron, cuando no incurrieron, en tal miseria. Fontana, en todo caso, prefiere no responder y le basta con exponer los numerosos hilos de aquella trama abominable. Lo contrario habría sido incurrir en una novela de tesis. Vale decir, en una novela aleccionadora, torpe y redundante.

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