En busca de nuevos significantes

Sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches | Crítica

En la muestra actual de Alarcón Criado conviven cuatro propuestas que aspiran a formar un mundo alternativo

Una obra de Cristina Mejías incluida en la muestra.
Una obra de Cristina Mejías incluida en la muestra.
Juan Bosco Díaz-Urmeneta

26 de enero 2021 - 06:15

La ficha

Alegría y Piñero, Andy García Vidal, Cristina Mejías y Mercedes Pimiento, 'Sólo es verdad lo que ocurre cada trescientas noches'. Galería Alarcón Criado. Velarde, 9. Sevilla. Hasta el 13 de febrero

El arte tiene siempre algo de apuesta. Lo sabemos desde Mallarmé. Quien también nos indica que en cada obra pesa sobre el artista la misma incertidumbre, el mismo riesgo. Ninguna tirada de dados suprime el azar. El jugador confía en la ley de los grandes números y espera ganar la apuesta simplemente por repetirla, pero eso no puede hacerlo el artista que aspira con cada obra a edificar un ángulo aún desconocido del mundo. Mostrar este arriesgado empeño del arte, establecer algo nuevo, es, a mi juicio, la intención de Blanca del Río, comisaria de esta exposición.

Andy García Vidal (Sevilla, 1991), licenciado en Bellas Artes (Universidad de Sevilla), completó estudios en el Sandberg Institut, Amsterdam, y trabaja en el llamado arte sonoro, que explora la música, las voces, el sonido sin descartar el silencio. Su video recoge el canto de tres músicos árabes que se activan coincidiendo con la hora, en Sevilla, de la tercera llamada del almuédano al rezo. En otra pantalla, un especialista en Ciencias de la Religión (Universidad de Utrecht), Pooyan Tamimi Arab, reflexiona sobre el carácter público de esta voz religiosa en la ciudad moderna (no debe extrañar a quienes vivimos en una ciudad cruzada por el son de las campanas). La pieza de García Vidal, con sus largos planos negros, abre un doble encuentro: con otra música y otro rito. Puede que la obra genere una reflexión política pero me interesa más la invitación a enfrentarse a lo ajeno, subrayada por la cuidada realización y los potentes primeros planos de los cantantes.

También indaga el lenguaje la obra de Alegría (Castillo Roses, Granada, 1985) y (Juan Antonio) Piñero (Sanchez; Chiclana, Cádiz, 1975). Ambos autores, asociados desde el año 2009, estudian el sonido y la emisión de las sílabas. Este esfuerzo analítico lo llevan después al barro o al barro y la madera, elaborando cuidadas máquinas que producen esos sonidos elementales. Contribuyen a la muestra con un friso de barro en el que se suceden perfiles que van pronunciando las sílabas de un laborioso palíndromo. El espectador puede, con la sombra de su mano, recorrer la posición de los labios que emiten cada sílaba. En contraste con el lenguaje público de García Vidal, Alegría y Piñero se aventuran en esas encrucijadas en las que el cuerpo inteligente ha ido uniendo sentido y sonido.

La obra de Andrés García Vidal.
La obra de Andrés García Vidal.

Mercedes Pimiento (Sevilla, 1990), que cursó Bellas Artes en Sevilla y ha completado su formación con una estancia en la Winchester School of Arts, explora otros circuitos ocultos. También escapan a la consciencia aunque hacen posible la vida, hasta el punto de que una interrupción de la electricidad, el agua o el gas paraliza la ciudad y siembra en cada urbanita la desorientación. Las esculturas de Mercedes Pimiento unen la sencillez del conducto y la verdad de la materia o el sedimento con un exquisito cuidado de la forma. Son piezas silenciosas, como también lo es el ámbito que investigan, pero tienen una indudable carga poética.

No es raro que una muestra novedosa encaje sin pretenderlo en la tradición artística

Cristina Mejías (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1986) que estudió en la Universidad Europea (Madrid) e hizo estancias académicas en Berlín y Dublín, atiende a las prácticas, materiales y destrezas de ciertos oficios, por los que tal vez se siente atraída. Ha sobrevolado las salinas de Sanlúcar, indagó las técnicas de la doma de caballos y siguió la mano de su abuela en una primorosa labor de ganchillo. En esta ocasión dirige la mirada (y la fantasía) al arte del luthier, el constructor de instrumentos de cuerda, en este caso, la guitarra. La muestra se aventura así en otro circuito a los que apenas prestamos atención, pero que hacen posible la expresión artística. Mejías trabaja finísimas láminas de madera: contrasta la firmeza de la superficie lisa con la definida por vetas casi pictóricas, o las curva como si anticipara el objeto final. Mejías ha construido además con ese tipo de madera y algún fragmento de hueso dos perfiles que cuelgan en la galería al estilo de los móviles de Calder. En ocasiones recuerdan las siluetas de dos conversadores.

Una obra de Alegría y Piñero.
Una obra de Alegría y Piñero.

En las cuatro propuestas hay ese afán de añadir un nuevo significante al mundo. Un juego de nuevas cosas y nuevas palabras, ofrecidos a quien se deje seducir por el arte. Palabras y cosas que aspiran a formar un mundo alternativo, un Orbis Tertius como pretende la comisaria al cruzar los discursos de Borges y Foucault. Yo veo además la huella de un viejo zorro, Marcel Duchamp. También él jugaba con el palíndromo, recordaba las secretas conducciones del afecto que mantienen viva la ciudad, trazaba, como las siluetas de Mejías, a dos amantes, no se sabe si en su encuentro o en su ruptura, y los largos planos negros de García Vidal reflejan al espectador como lo hiciera el Gran Vidrio. No es raro que una muestra novedosa encaje sin pretenderlo en la tradición artística.

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