Sevilla recupera efímeramente las enseñanzas del Claustro Chico

La reconstrucción de la mitad del ciclo pictórico que Murillo realizó para los franciscanos, expoliado por Soult, es una de las bazas de esta exposición.

Charo Ramos / Sevilla

20 de febrero 2010 - 21:16

La fructífera carrera de Murillo como pintor duró unos 45 años pero la muestra del Bellas Artes se centra en la producción de sus dos primeras décadas, un corpus más amplio de lo que inicialmente se creía y del que lo más estudiado eran las pinturas del Claustro Chico. “Los franciscanos destacaron por su bondad y compromiso social en la Sevilla del Siglo de Oro. El Claustro Chico del desaparecido convento de San Francisco de Sevilla se encontraba detrás del arco del Ayuntamiento, en una concurrida plaza de San Francisco que era, como hoy, el centro social de la ciudad. Allí estos religiosos predicaban sus ideales de pobreza y caridad apoyándose en el mundo visionario recreado por Murillo”, contextualiza Benito Navarrete, comisario de la muestra.

En la segunda sala del recorrido, tras sus obras más antiguas e influenciadas por su maestro Juan del Castillo, se reúnen por primera vez seis de los 13 lienzos que pintó para el Claustro Chico, una de las grandes víctimas del afán amasador del mariscal Soult.

El contrato de los franciscanos supuso para Murillo su primer gran encargo y su consagración en una fecha tan temprana como 1645, cuando también contraerá matrimonio con una vecina de la parroquia de la Magdalena, Beatriz Cabrera. “La realización de estas pinturas sobrecogió al público sevillano que, al tener acceso directo a ellas, pudo admirar desde el primer momento su buen oficio y la monumentalidad y calidad decorativa de las historias. Se dieron cuenta de que su autor era un pintor importante”, continúa el también asesor científico del Centro Velázquez.

Como estudió Ceán Bermúdez, Murillo realizó de forma completamente autógrafa, pues no tenía todavía un obrador establecido, estas pinturas donde asoma ya su personalidad más genuina. Gracias al éxito que alcanzó con el Claustro Chico, donde sorprendió con un estilo más novedoso que el de los veteranos Herrera el Viejo o Zurbarán, le empezaron a llover los encargos y pudo contratar un aprendiz y abrir su propio taller.

En este trabajo se descubren las lecciones morales y espirituales que despertaron la conciencia social de Murillo y alentaron en él ese gusto por la pintura de pícaros y desamparados que alumbró sus primeras obras maestras, como el célebre El Piojoso del Louvre. “Fue decisiva la llegada a Sevilla del monje panfletario Francisco Martínez de Mata, autor de obras literarias de claro contenido reivindicativo que demandaban atención hacia los pobres y desvalidos. El investigador Yun Casalilla ha documentado que las obras de Martínez Mata y su mensaje de justicia social tuvieron un impacto hondo en el pensamiento franciscano”, añade Navarrete. Ésa es la lección que Murillo plasmó en el Claustro Chico, en obras como San Francisco confortado por un ángel (en el Prado), El beato fray Gil en éxtasis delante de Gregorio IX (Carolina del Norte) o San Diego de Alcalá en éxtasis ante la Cruz (depositado por el Louvre en el Museo de los Agustinos en Toulouse), donde el fraile alimenta a los pobres y mendigos que se acercan a las puertas del convento, entre ellos un grupo de niños. Ignacio Cano, jefe del departamento de difusión del Bellas Artes, confirma que “esos tipos populares e infantiles tan característicos de su obra ya aparecen como figurantes en estas obras”.

Por desgracia, este conjunto sufrió el expolio napoleónico y hoy está disperso por todo el mundo. Su regreso parcial a Sevilla es uno de los mejores indicadores de la contribución de El joven Murillo a la recuperación de la memoria perdida. Incluso –detalla Ignacio Cano– se ha podido incluir en el catálogo del Claustro Chico “una obra que no estaba contemplada con certeza, San Francisco Solano y el toro”. Por paradojas de la historia y la política este lienzo pertenece a Patrimonio Nacional y está depositado en el Alcázar de Sevilla. Es una de las obras que reabren el debate sobre si el Estado debería depositar en el Bellas Artes sevillano los murillo que atesora. Al preguntarle esta cuestión, la consejera de Cultura, Rosa Torres, negó ayer que hubiera gestiones en curso para reintegrar a Sevilla ese patrimonio que nunca debió perder.

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