Salmos en la oscuridad

En los 80, Cohen viajó a la Provenza para serenar sus demonios, y de esa temporada a solas en el campo surgió este 'Libro de la Misericordia' recuperado por Visor.

Leonard Cohen (Montreal, 1934), el pasado octubre en Gijón, durante un homenaje previo al Príncipe de Asturias.
Leonard Cohen (Montreal, 1934), el pasado octubre en Gijón, durante un homenaje previo al Príncipe de Asturias.
Francisco Camero

04 de enero 2012 - 05:00

Libro de la misericordia. Leonard Cohen. Trad. Alberto Manzano. Visor. Madrid, 2011. 128 páginas. 12 euros.

A mil besos de profundidad. Canciones y poemas. L. Cohen. Trad. Alberto Manzano. Visor. Madrid, 2011. Volumen I (1956-1978): 251 páginas, 16 euros. Volumen II (1979-2006): 185 páginas, 14 euros.

"Todo lo que no eres tú es sufrimiento, todo lo que no eres tú es soledad repitiendo los argumentos de la pérdida", escribe el hombre roto en su pequeña caravana aparcada en mitad de la campiña de la Provenza francesa. Allí se fue Leonard Cohen a principios de los años 80 para lamerse las heridas causadas por su ruptura con Suzanne Elrod, entre las que se contaba la separación de sus hijos. A solas con su vacío, con su culpa y su vergüenza, a solas y suplicando algo de paz a un dios en el que ni siquiera creía, hecho en todo caso a la medida de su miedo y su desconcierto, el escritor y cantante canadiense alumbró en aquellos días oscuros El Libro de la Misericordia, una obra catártica y envuelta en una intimidad ardiente, amarga pero ocasionalmente luminosa, que acaba de recuperar la editorial Visor, con nueva traducción a cargo de Alberto Manzano, amigo del autor y especialista en su obra.

Preciso y diáfano, hondo y dolorosamente hermoso, el libro, publicado originariamente en España con el título genérico de Salmos, reúne medio centenar de poemas en prosa, todos los cuales, viene a decir Cohen, nacieron con el propósito de consolar como consuela "el beso de la madre al inicio de la guerra". "A veces uno se encuentra con la espalda contra la pared, sin nada que decir, y el único idioma que puedes utilizar es el lenguaje de la oración", explicó en su momento -año 1984- ese caballero casi envuelto en un halo de beatitud que ha hecho del envejecimiento una de las (más) bellas artes; y que mientras tanto, como ha apuntado Alberto Manzano, ha sido capaz de endulzarse el camino, y con el suyo el de tantos y tantos otros, haciendo saltar "virutas de belleza del cepillo que labra la noble madera de la derrota".

Así pues, Leonard Cohen está en la campiña de la Provenza francesa, solo y roto, perdido, avergonzado y arrepentido. Apenas conserva unos pocos libros religiosos y su voluntad, "una cosa frágil, hambrienta entre helechos, mujeres y serpientes", junto con "los dos escudos de la amargura y la esperanza". Con este bagaje dará forma a una obra que representó un giro insospechado en su carrera, en aquellos años admirada y conocida, pero no tanto como hoy. Antes de ser el monje zen con erecciones bajo el hábito áspero, y después de haber sido el amante desesperado y exhausto de Death of a Ladies' Man -tan sólo dos de las caras de este cartógrafo exquisito del deseo y sus contradicciones- Cohen se entregó en El Libro de la Misericordia a un proceso de depuración y renovación espiritual que en muchos pasajes resuena con potentes ecos de resurrección.

"Cae hacia el cielo, cae hacia la luz, nadie puede hacerle daño mientras cae", escribe el autor, que guió su formación mística con lecturas del Talmud, de los cantos medievales del poeta hindú Kabir y de los Salmos del Rey David. El resultado fue un libro que lleva a la apoteosis ese estilo suyo, inconfundible e inimitable en su faceta (más explícitamente) musical, de suave y tersa melopea pronunciada, susurrada cada vez más, por una voz que abriga y envuelve mientras trata de decir palabras perdurables, verdades que no parezcan dudas. En este sentido, El Libro de la Misericordia es una obra escrita a pecho descubierto, pero su delicadeza y su radical honestidad evitan al lector esa sensación tan incómoda y ambigua del testigo obsceno, a pesar de la extraodinaria crudeza que emplea Cohen contra sí mismo en tantos de estos poemas. "Cuando no siento ira ni pena, y te alejas de mí, es cuando siento más miedo", escribe Cohen, que para entonces ya ha probado los frutos amargos del orgullo y el arrepentimiento estéril: "Entonces llega el momento peligroso: soy demasiado magnífico para pedir ayuda. Tengo otras esperanzas. Legislo desde la fortaleza de mis decepciones, con rígida mandíbula".

"Clamamos por lo que hemos perdido, y te recordamos otra vez. Nos buscamos, no podemos encontrarnos, y te recordamos. Desde la tierra sin propósito nuestros hijos nos acusan, y recordamos, reclamamos un propósito. ¿Podría ser?, nos preguntamos. Y he aquí la muerte. ¿Sería posible? Y he aquí la vejez. Y nunca lo supimos; nunca nos levantamos, y la buena tierra nos fue retirada, y la dulce familia aplastada. Quizá, decíamos, pudiera ser, y le hicimos sitio entre las posibilidades. Lo haré solo, dijimos, mientras la vergüenza espesaba las facultades del corazón. Y los primeros informes fueron de fracaso, y los segundos de mutilaciones, y los terceros de abominaciones. Recordamos, clamamos para que nos devuelvas el alma. ¿Depende realmente de nosotros? Sí, depende de nosotros. ¿Nos lo merecemos? Sí, nos lo merecemos. Clamamos por lo que hemos perdido, y te recordamos", escribe en otro pasaje de este libro que por su intensidad, a veces abrumadora, se paladea mejor en pequeños tragos.

Algunos de estos poemas se encuentran en A mil besos de profundidad, dos volúmenes editados también por Visor -e igualmente traducidos y prologados por Alberto Manzano- que recogen una amplia selección de canciones y poemas, separados en dos etapas, de 1956 a 1978 y de 1979 a 2006. Dos buenas excusas más, al fin y al cabo, para zambullirse de nuevo en los discos de este burgués universitario y erudito que a los 33 años decidió viajar a Nueva York para probarse cantando y tocando arpegios de guitarra y, tras sembrar el feliz desconcierto -lo de siempre, y qué más da: ¿es un poeta que canta?, ¿un cantante que escribe poemas?-, acabar revelándose como uno de los cantautores sublimes del siglo XX, a la altura -sin duda, aunque tan diferente- de Bob Dylan.

Sospechamos, no obstante, que Cohen se siente escritor por encima de todo, y esa condición, más allá de estos bizantinos debates taxonómicos, siempre ha estado en el centro de su estética -tan marcada por Keats como por el sufismo, el Antiguo Testamento, la poesía beat o por supuesto el Lorca surrealista- y en la cadencia de una voz impecablemente adulta y respetuosa en el sentido de que apela siempre a la experiencia propia de quien la escucha. Como cabía esperar, la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras ha venido acompañada en los últimos meses de la llegada a las librerías de homenajes diversos, entre ellos el reciente Ilustrísimo Mr. Cohen (451 Editores), o de la recuperación de obras hasta entonces más o menos relegadas, como El juego favorito y Hermosos perdedores (ambas disponibles en Edhasa), dos novelas tempranas escritas por un joven Cohen que probablemente ya sabía, antes de recordárnoslo en una de sus inolvidables canciones, que siempre hay que dar lo mejor de uno mismo, aunque no sea mucho.

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