Reencuentro en el Campo de los Milagros

Pálido Fuego publica la singular, ácida y carnavalesca novela donde Robert Coover reescribe y prolonga la historia de Pinocho, el cuento clásico de Collodi

El escritor estadounidense Robert Coover (Charles City, Iowa, 1932).
El escritor estadounidense Robert Coover (Charles City, Iowa, 1932).
Francisco Camero

27 de diciembre 2015 - 05:00

PINOCHO EN VENECIA. Robert Coover. Trad. José Luis Amores. Pálido Fuego. Málaga, 2015. 403 páginas. 25,90 euros.

Obra de culto al igual que prácticamente todas las demás escritas por él, Pinocho en Venecia es uno de los libros más juguetones, feroces y desatados de Robert Coover, y a la vez, sin que medie contradicción alguna, uno de los más intelectuales, complejos y exigentes en el ejercicio de su lectura. Atestada de capas diversas de significado y de guiños a otras obras que completan su sentido, la novela se propone como la continuación de Las aventuras de Pinocho, el clásico y universal cuento escrito por Collodi a finales del XIX, una obra que, incluso tras la adición a instancias de su editor de algunos capítulos que dulcificaron radicalmente el seco e inclemente final concebido en primera instancia por el autor, poco o nada tiene que ver con la famosísima película de Disney. La versión animada multiplicó -aún más- la fama del relato, pero también lo tergiversó: su lectura infantil, amabilísima y complaciente con todos -con el público y con las criaturas que se dan cita en la historia- acabó por suplantar en el imaginario colectivo el espíritu mucho más sombrío, cruel, ácido y por descontado mucho más libre del relato original.

De modo que uno de los requisitos previos para disfrutar con más propiedad -o para disfrutar, a secas- de esta singularísima prolongación del cuento de Collodi por parte del autor de Azotando a la doncella o La fiesta de Gerald es, claro, conocer bien ese texto primigenio. Transfigurado en una suerte de espíritu gemelo del cuentista italiano -acaso más protagonista de la novela, por más que lo sea in absentia, que el propio muñeco de madera de nariz mutante y delatora- Coover nos devuelve aquí a un Pinocho anciano, fatigado, hosco y célebre; un viejo professor que después de una carrera académica de reputación marmórea y coronas de laurel en Estados Unidos, de firmar numerosos ensayos de referencia sobre arte y teología y de adornar su leyenda intelectual con el toque mundano de sus correrías en Hollywood, desanda el largo camino y regresa a Venecia, su casa. No al decorado arquetípico de las postales, sino a una ciudad nocturna, helada y espectral. Y vuelve para buscar un sentido último a sus andanzas por el mundo antes de cerrar los ojos, abrir la boca, estirar las piernas y, tras una gran sacudida, quedarse tieso, parafraseando aquel final que Collodi corrigió ante los aspavientos de su editor.

Ese sentido postrero que va buscando el antiguo títere -sin saber que no será un bálsamo lo que encontrará, sino una cómica secuencia de pesadillas muy similares a las de su (no tan tierna) infancia- lo representa el libro que a toda costa anhela rematar, titulado Mamma, su obra magna, la que compendiará todos sus afanes intelectuales, una obra dedicada, naturalmente, al Hada de Cabellos Turquesa, quien mucho tiempo atrás, en su juventud, ofició su tránsito "de la madera a la voluntad". El libro está atestado de referencias, más o menos explícitas, a situaciones y personajes del cuento original, con la presencia especialmente carismática e hilarante de Bluebell (en las traducciones tradicionales del cuento, Campanilla), una criatura vulgar, ingenua y lasciva, la típica novia bruta que avergonzaría en público y excitaría y divertiría en secreto a todo pedante de manual. Pero además de las referencias al cuento clásico, Pinocho en Venecia tampoco se entendería sin la sensual atmósfera crepuscular de la Muerte en Venecia de Mann, ni sin los contrapuntos anárquicos, bufos y carnavalescos, inequívocamente rabelaisianos, que aportan al libro su tono peculiarísimo.

A estas alturas habrá quedado claro que no estamos ante un texto realista, y además su manera de no serlo es libérrima, lo cual resultará desconcertante para el lector desavisado o acostumbrado a planteamientos narrativos más convencionales. Aunque a veces él mismo se ha revuelto contra ciertas etiquetas que pesan sobre su literatura, Coover debe la mayor parte de su prestigio a sus obras experimentales, y a tales efectos el posmodernismo de esta novela es un poco de línea dura, lo que en este caso quiere decir que la novela es muchas cosas a la vez, pero pocas lo son de manera fácilmente perceptible, y muchas de ellas, de hecho, aguardan como enterradas bajo un caparazón formal-conceptual que en determinados pasajes puede resultar levemente disuasorio.

Por otro lado, más que la exigencia que presenta la lectura y su compleja y abigarrada sintaxis, a la postre destaca algo más importante: la exuberancia y el sentido bestialmente lúdico del texto. Entre animales y objetos que hablan, entre culos de viejos en pompa, resbalones de chiste, diversas formas del erotismo y reflexiones sobre el alma, la (in)mortalidad, la identidad y el impulso de la creación entre otras Grandes y Eternas Cuestiones, columpiándose entre proverbios y expresiones procaces de las calles italianas y el registro elevado de los comentarios sobre pintura del XVI y viejos y bellísimos palacios y templos -el libro no deja de ser, en el fondo, un retrato oblicuo y apasionadísimo de ese inverosímil logro de la Humanidad que es Venecia-, Coover nos invita a un festín pantagruélico de la palabra y, por el mismo precio, nos convence, o casi, de que todo lo que se puede narrar, tarde o temprano, se volverá posible.

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