Ese no sé qué de lo francés

Orquesta Bética de Cámara | Crítica

Susana Gómez y la Bética tocando a Ravel.
Susana Gómez y la Bética tocando a Ravel. / D. S.

La ficha

Orquesta Bética de Cámara

*** 2º de la temporada 2019-20. Solista: Susana Gómez Vázquez, piano. Orquesta Bética de Cámara. Director: Michael Thomas. Programa: 'Maestros y alumnos'

Gabriel Fauré (1845-1924): Suite de Pelléas et Mélisande (1900)

Maurice Ravel (1875-1937): Concierto para piano en sol mayor (1932)

Francis Poulenc (1899-1963): 3 Novelettes (1927, 1928, 1959; orquestadas por Michael Thomas)

Claude Debussy (1862-1918): Petite Suite (1889; orquestada por Henry Büsser, 1907)

Lugar: Espacio Turina. Fecha: Sábado, 11 de enero. Aforo: Dos tercios de entrada.

Velada francesa la que preparó la Orquesta Bética, y debió de hacerlo con mimo, porque el conjunto sonó con equilibrio, claridad, correcto empaste y buen sentido de las proporciones. Hay en general en la música francesa del anterior cambio de siglo un gusto por la nitidez, por la tímbrica cálida, en tonos pastel, sin estridencias, por un sonido que tiende a ser alado, etéreo, lo que le da un carácter muy especial, un algo indefinible, pero que requiere del intérprete una singular elegancia en el fraseo y una especial delicadeza en los contrastes.

El Prélude de la Suite de Fauré había empezado un poco atropellado, pero hubo intensidad en su desarrollo. Thomas manejó bien las dinámicas e hizo que el tempo fluyera con naturalidad, lo que quizás no fue suficiente en una Siciliana en la que uno puede engolfarse mucho más sin remordimiento alguno.

La joven Susana Gómez Vázquez (Alcalá de Henares, 1995) demostró que tiene la técnica para el soberbio (y muy difícil) Concierto en sol mayor de Ravel, que tiene sensibilidad y buen gusto, pero le falta algo de madurez para profundizar más en ese auténticamente inefable movimiento lento, que sonó demasiado académico, recto, poco flexible y, sobre todo, sin la sutileza que requiere el sonido, que precisa ser mucho más matizado y misterioso. Mejor quedaron los movimientos extremos, con sus toques de jazz y su despreocupada vitalidad. Thomas acompañó con mucho esmero.

Algo extrañas resultaron las breves y jubilosas piezas de Poulenc en orquestaciones muy coloristas del propio Thomas, como si vinieran de otro tipo de concierto, aunque en la tercera el orquestador pareció buscar el ambiente más discreto que precisaba el arranque de la obra de Debussy, en el que la orquesta y la propia batuta alcanzaron el punto álgido de su actuación, merced al balanceante y elegantísimo fraseo conseguido. Algo más secos resultaron los otros tres números, si bien el final fue todo lo danzable que la obra pedía.

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