Breve recorrido por una obra inmensa

Debió morir íntimamente satisfecho, pues le fue dado a ver cómo acogerá su legado el porvenir · Con respeto, admiración e incluso cariño

Francisco Ayala, ante una de sus máquinas de escribir.
Francisco Ayala, ante una de sus máquinas de escribir.
José Abad / Granada

04 de noviembre 2009 - 05:00

En el día de ayer, se apagó de repente la centenaria estrella de Francisco Ayala, aunque su luz, como la de los cuerpos celestes que empleamos como metáfora, continuará aún desplazándose por el espacio y arrinconando las sombras allá donde éstas se crean dueñas del territorio. Sabemos, pues no se cansó de repetirlo cada vez que le preguntaron, y se lo preguntaron machaconamente en los últimos años, que Ayala no temía a la muerte; pero sospechamos que debió de morir además íntimamente satisfecho, pues le fue dado a ver cómo acogerá su obra el porvenir. Con respeto, admiración y, en no pocos casos, incluso cariño. Un cariño sincero, quiero decir. No el de los ganapanes que tanto abundan en la República de las Letras, sino el de los lectores que encontraron una imagen feliz o una idea útil en sus libros.

Francisco Ayala ha sido lo que llamaríamos un clásico en vida. Da vértigo pensar tan solo que su primer libro apareció en 1925, y tampoco deja indiferente que, con un siglo a cuestas, Ayala aún hiciese pequeñas aportaciones a su corpus en la forma de esporádicas incursiones en la prensa, aunque su obra narrativa y ensayística estuviera ya cerrada y bien cerrada. Y aterra un poco la circunstancia presente de intentar resumir, en unas pocas precipitadas líneas, un carrera que comprende más de ochenta títulos y abarca casi ochenta años de trabajo exigente e ininterrumpido. Ayala empezó como novelista cuando contaba apenas veinte años, con Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) e Historia de un amanecer (1926), pero la novela acabó siendo un género en el que se prodigó poco. No obstante, en este terreno consiguió dos de sus obras más aclamadas; me refiero, por supuesto, a la extraordinaria Muertes de perro (1958) y a esa secuela con retranca que fue El fondo del vaso (1962), que serían respectivamente su tercera y cuarta (y última) novela, publicadas a treinta años de distancia y con el Océano Atlántico de por medio.

Como narrador, Ayala se sintió más cómodo en el registro breve, en donde hizo asimismo un par de tempranas aportaciones, El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930), dos empeños esforzados, como lo fueron también sus primeras y primerizas novelas, muy por debajo de sus logros posteriores; pienso en Los usurpadores (1949), que contiene uno de las mejores relatos breves escritos nunca en español, El hechizado, una disección acerada sobre (y contra) la fascinación que los poderosos ejercen en los débiles. A éste siguió otro magnífico volumen, La cabeza del cordero (1949), en el que hurgaba en la herida abierta de la Guerra Civil a través de cinco narraciones en donde pesa, y cómo, un desengaño y una melancolía -qué mejor adjetivo- sangrantes. El autor no abandonaría el género y, en las décadas siguientes, fue entregando libros de relatos con regularidad; ahí están Historias de macacos (1953), El as de bastos (1963), De raptos, violaciones y otras inconveniencias (1966), El jardín de las delicias (1971) o De triunfos y penas (1982).

Tan importante y vasta como su obra de ficción, aunque haya gozado de menor difusión, es su obra ensayística. En este apartado hay que destacar una obra pionera por estos lares, Indagación del cinema (1929), en la que recogió una serie de artículos sobre el Séptimo Arte cuando aún no se pensaba en serio sobre el mismo. Sea como fuere, sus campos de acción preferente han sido la literatura, la sociología o la traducción, en donde ha dado textos de tanto peso y tan penetrantes como Tratado de sociología (1947), El escritor en la sociedad de masas (1956) o Problemas de la traducción (1965). En el ámbito del análisis literario destacan sus trabajos sobre la figura de Miguel de Cervantes, La invención del Quijote (1950) y Cervantes y Quevedo (1972), en los que reflexionó, para llevársela a su propia narrativa, sobre qué voz debe contarnos cada historia. También Benito Pérez Galdós y Unamuno -nuestro otro Miguel de- ocuparon su ejercicio como lector y ensayista.

A todo esto deberíamos añadir, aunque algo se ha apuntado al principio, una infatigable labor periodística que arranca cuando contaba dieciocho años y llega hasta ayer mismo. En las últimas recopilaciones de artículos de las que se ocupó en vida, Contra el poder y otros ensayos (1992) o En qué mundo vivimos (1996), nos sorprende el mismo escritor esmerado, lúcido y sensato de siempre, insistiendo en las roñas del poder, en el riesgo inherente a cierta abulia ética o en la construcción de un mañana habitable. En El escritor en su siglo (1990) apostaba por un futuro mejor "ya no para uno mismo, claro está -escribía-, sino para las generaciones que son todavía jóvenes y para las venideras". Esas generaciones que deberían recoger el relevo, imitar el ejemplo y no olvidar jamás el espléndido legado de este paisano nuestro.

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