Una pareja en un Rolls

Miles de personas saludan el nuevo reinado en el centro de Madrid en una jornada sin apenas incidentes marcada por el calor, el color y la precisión suiza en el horario del trayecto.

Foto: Antonio Pizarro
Foto: Antonio Pizarro
Pedro Ingelmo

19 de junio 2014 - 12:38

En el fin de Gran Vía, ya muriendo en la Plaza de España, no hay nadie ante los ordenadores de la oficina de National Geographic. Todos sus trabajadores han salido a los ventanales para atrapar con distintos aparatos el hecho de que un matrimonio con dos hijas, él vestido de militar, ella de calle, salude a una multitud desde uno de los tres Rolls Royce Phantom que Francisco Franco compró en 1952, dicen, a precio de saldo. National Geographic inmortaliza el momento como inmortaliza cualquier fenómeno de la naturaleza, desde los rinocerontes heridos a las vacas pastando. Él, el marido, con ese vestido militar condecorado, saluda a un lado y a otro en un leve movimiento de mano enguantada. Ella, sentada, sonríe. Son las doce y cuarto de la mañana en ese Madrid de las extravagancias y de los calores de junio, la hora previa del vermú. La hora ideal para pasear en Rolls por Gran Vía. A la gente le encanta el espectáculo.

Un hombre que se aproxima a los 60, que se llama Marcos, que nació en la República Dominicana y que viste una camiseta del Real Madrid grita "¡Viva el Rey y viva España!". Un hombre de la misma edad aproximadamente, que no me dice su nombre por si soy de una agencia de inteligencia o de todo lo contrario a la inteligencia, con bermudas amarillas y una camiseta en la que sólo se lee España, agita una extraña bandera con escudos de los monarcas borbones y contesta al dominicano con hermanamiento: "¡Viva, hermano!". Y más y más vivas. Todo se ha desatado. Acabamos de llegar al éxtasis. Guapa y guapo, España unida jamás será vencida, se escucha.Un quiosco se adorna con la rojigualda de Johannesburgo en 2010. "¡Campeones, campeones!", grita un chaval con la zamarra de La Roja, que, al parecer, tuvo un traspié mortal con Chile en Brasil. Tierras lejanas de lejanas conquistas. Símbolos futbolísticos se mezclan con los heráldicos y una incógnita se despliega sobre toda la fachada de un edifico coronado por un ave fénix y con un anuncio de gafas de sol ocultando el revocamiento. Se lee en el reclamo: "Vívelo en Ortega y Gasset". Da que pensar que Ortega y Gasset, convertido en dirección de callejero, lance esa advertencia. Nadie mira el anuncio de gafas de sol. Ecuatorianos, peruanos, argentinos y españoles se suman en un mismo grito de entusiasmo al paso de los protagonistas de la jornada, que cumplen con precisión suiza el protocolo y el tiempo del trayecto.

"¡Viva, viva España!", grita una mujer septuagenaria de pelo teñido de rubio y arropada por una enseña nacional. Todo el pueblo de Pozuelo está aquí, con vosotros. Y parece que hay muchos de Pozuelo porque vuelven la cabeza. Al edificio de Telefónica le han puesto una bandera española que rodea su inmenso perímetro. Parece un lacito de regalo para un cumpleaños de un gigante. "¡Viva el Rey!", proclama una mujer que confiesa que ha venido desde Zarzaquemada. ¿Hay más gente de Zarzaquemada? "No sé, yo he venido para que lo vean los niños", explica. Y los niños, dos y rubios, con una camiseta de Xavi y otra de Sergio Ramos, agitan las banderas. Sergio Ramos proclama para el Banco Santander desde un inmenso anuncio junto al cine Callao, donde se proyecta la señal de La 1 con todo lo que acontece justo al lado, que "el mundo pertenece a aquellos que arriesgan". Puede ser. En la gran pantalla exterior del cine Callao el narrador de televisión se reconoce emocionado. "Me parecen escenas imborrables", se lee en los letreros que interpretan la voz muda de los notarios de la celebración. Policías, barrenderos, técnicos de televisión y público en general alzan la cabeza para no perderse detalle de la pantalla global.

Manuel arriesga poco. Tiene un carrito de la compra lleno de banderas españolas en el cruce entre Alcalá y la calle Sevilla, al lado de Sol, y un contrato por horas. Te da una banderita y tú la mueves. En eso consiste. Filipinos, japoneses, alemanes o Erasmus cogen las banderitas de Manuel y se van a hacerse fotos con el despliegue policial y con la guardia real que espera la salida de los nuevos Reyes del Congreso de los Diputados sobre sus caballos. Los turistas se hacen sus selfies con ese gesto de es todo tan chic... Hemos retrocedido en el tiempo.

Son las diez y media de la mañana. Madrid se despereza de la noche con un montón de visitantes entusiasmados por el acontrecimiento que se les viene encima. Manuel es escéptico. "Las banderitas las da el Ayuntamiento, una cortesía, pero yo también estuve repartiendo cuando lo de la boda, hace diez años, y entonces se daban abanicos. Es la crisis, pero no es la crisis: ¿cuánto cuestan unos abanicos?". ¿Público? Manuel, el del carrito de las banderitas, no lo ve claro, se ha levantado pesimista. "Hay más policías que gente". "Los policías también son gente", le replico. "Ya, pero yo digo gente de público. La Policía está aquí porque no le queda más remedio. Es su trabajo". Como Manuel arriesga poco, acabará errando su pronóstico. La multitud está al llegar.

Veo a un policía haciendo su trabajo, que consiste en tener paciencia. Para acceder a cualquiera de los lugares del recorrido hay que atravesar una valla y en cada valla hay no menos de seis polis, grandes, fibrosos, polis de pelis. Cachean con amabilidad, tacto acostumbrado a móviles en los bolsillos, tabaco en las camisas y llaves en la pernera. Pasen pasen. Hasta que llega una joven, acompañada de un chico con cara de bueno, vamos a darle el capricho, que proclama que quiere ver al nuevo Rey proclamado y lleva no una bandera, pero sí algo parecido a un amplio cinturón que le sujeta la falda de flores con los colores republicanos. "No puede pasar así, señorita". "¿Por qué? Quiero ver al Rey". "Ya, pero lleva la bandera..." "Yo no llevo ninguna bandera..." "Ya, no es una bandera, pero..." De repente, la expresión del agente, con las gafas de sol de todos los miles de policías que acordonan la capital, se enternece y se explica: "Mire, señorita, a mí me da igual una cosa que otra. A mí me han dicho que no pase nadie con esos colores y yo cumplo mi trabajo. Esto son muchas horas, mucha gente preguntando. Vamos a no tener problemas. ¿Qué le cuesta?". Y parece qaue el policía se ha sorprendido de la reacción de la joven, que le dice a su acompañante: "Me ha convencido, vamos". Y se van camino de Tirso de Molina, donde se han reunido unas cuantas personas con banderas republicanas en una fiesta paralela que no enturbia la otra, la de las multitudes.

Porque la fiesta, verdaderamente, está en la Plaza de Oriente, escenario de grandes concentraciones en el pasado. El Ayuntamiento ha externalizado un servicio por el cual se ha cableado todo lo que rodea a la plaza para que funcionen unos escáneres situados bajo unos arcos que dan acceso al lugar donde la liturgia alcanza su clímax. Ha pasado mucha gente, miles, para ver a las altezas en los balcones, pero en determinado momento el escáner ha dicho basta, ni uno más, y los polis con las gafas de sol han dicho stop. En la calle Felipe V la decepción la alegra un vecino del inmueble portal 1, primer piso, que tiende una gran bandera, de las más grandes que se han visto, que quizá estuviera en la anterior coronación a juzgar por todo lo que le comió el sol a su color. Los vivas a España parecen desesperados,como si nos estuvieran invadiendo unos marcianos, pero hay que reconocer que consiguen estimular a los que ya no podrán acceder a la Plaza de Oriente, que lo corean, e incluso hay quien se arranca por el himno de Manolo Escobar. Y el Rey, sin que se entere, porque no está allí,es aclamado en la calle que lleva el nombre de su antecesor en lo que a Felipe se refiere.

El recorrido por Madrid en el Rolls ha sido -hemos quedado- todo un éxito, no cabe definirlo de otra manera. Todo ha salido tal y como estaba pensado. Sin gritos extemporáneos, todo alegría, sano jolgorio y estampas para la posteridad. El civilizado pueblo de Madrid y el civilizado turismo de Madrid ha ejercido su papel y el matrimonio con dos hijas, ya Reyes de España, han ganado Bailén en lo que es definitivamente una comunión con los asistentes al evento. Incluso la dependienta de la tienda de souvenirs de Gran Vía, que sólo unas horas antes, y con mucho retraso, había recibido los platos, dedales, jarras, camisetas y llaveros de la proclamación, empieza a mostrar cierto optimismo: "A ver si ahora se animan y compran, que todavía no hemos vendido nada y me parece a mí que hoy camisetas de La Roja vamos a vender pocas. Como no salven el día los Reyes".

Y lo salvan. Los nuevos Reyes van a salir al balcón con una puesta en escena que supone un crescendo que emociona a los congregados y que ahora más que nunca mueven sus banderas como respuesta a los saludos de Felipe VI, de Letizia, de la niñas y, por fin, del conjunto entero, con don Juan Carlos y doña Sofía, un clamor de momento histórico, de cambio de tiempo, que relata una mujer emocionada a la primera cámara de televisión que se encuentra ante ella: "Es como si entráramos en una nueva era, estoy feliz de poder compartirlo con ellos". El joven con micrófono que persigue más declaraciones de los asistentes se topa con un inglés que le contesta en castellano que los nuevos Reyes parecen muy sencillos, al menos en comparación con la poca sencillez y el boato de su monarquía. Y es que el libreto se ha cumplido a rajatabla. No hubo armiño, no hubo carrozas. Sólo un matrimonio sobre un Rolls de segunda mano, lo que no es poco, y dos niñas cara a cara con la multitud que grita viva el rey y viva España como una letanía apasionada que se disuelve pasadas las dos, cuando los bares se llenan para que los asistentes comenten la emoción de la historia en directo y en las papeleras vayan amontonándose banderitas.

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