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'Cuentos de tatuajes'. John Miller (editor). Trad. Concha Cardeñoso y otros. Alba, 2021. 280 páginas. 24 euros
Igual que la melena desgreñada y el pantalón vaquero, el tatuaje ha ido desplazándose paulatinamente desde los márgenes hasta alcanzar el centro de la estética mayoritaria. A día de hoy, el que más y la que menos luce bíceps historiados por cruces célticas o tobillos entre los que se mueve un corazón en miniatura, pero justo es recordar que hace tan sólo unas décadas, la piel tintada identificaba al malevaje: delincuentes, marineros y gentes de vida dudosa.
De una dolorosa práctica basada en la inyección de pigmentos a través de aguijonazos (por lo cual personificaba a hombres rudos, valerosos, ferozmente masculinos), el tatuaje pasó, a partir de la introducción de la primera máquina eléctrica de tatuar (1891), a ganar espacio entre las élites victorianas (al lado de la cocaína, daba buen tono a los fastos mundanos y decoró las dobleces del archiduque Francisco Fernando o la madre de Churchill) hasta, después de algunos vaivenes de popularidad, alcanzar las cimas de las que disfruta hoy. A pesar de las cuales sigue evocando en nosotros auras de prohibición y misterio.
John Miller, profesor de Literatura en la Universidad de Sheffield y tatuado de la cabeza a los pies (confiesa en el prólogo), ha reunido una antología de textos que refleja estas mutaciones sociales de las que hablo en el párrafo previo. Su selección incluye 15 narraciones, situadas cronológicamente entre finales del siglo XIX, cuando la piel moteada era un distintivo obvio de lo outré, hasta 1952, en que tibiamente iba alcanzando los escalafones de la moda popular. Ello le da pie para exhibir piezas curiosas, la mayoría de origen anglosajón pero también alemanas, japonesas y hasta suecas, donde el mismo motivo se repite una vez y otra como en un friso o la espalda tatuada de un galeote: que marcar la piel de uno mediante el punzón es convertirse en una "señal de una antigua red de señales siempre en expansión".
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