La noche y el día

1793 | Crítica

Entre el gótico nórdico y los aires hollywoodienses, el sueco Niklas Natt och Dag firma una amenísima (y oscura) novela negra de época al estilo escandinavo

El escritor sueco Niklas Natt och Dag (Estocolmo, 1977).
El escritor sueco Niklas Natt och Dag (Estocolmo, 1977). / D. S.
Luis Manuel Ruiz

19 de abril 2020 - 06:01

La ficha

'1793'. Niklas Natt och Dag. Salamandra, 2020. 426 páginas. 19 euros

Aparte de los vikingos, las cabelleras rubias y los muebles modulares, Escandinavia es famosa en el mundo por un motivo de letras: su novela negra. Con una andadura iniciada en los últimos 60 del siglo pasado, gracias al trabajo de pioneros como Maj Sjöwall y Per Wahlöö, continuada luego en los 80 y 90 por artesanos como Henning Mankell y catapultada al estrellato en el nuevo milenio a través de Stieg Larsson y sus adláteres (Camilla Läckberg, Jo Nesbø, Lars Kepler), el género goza de tal crédito en aquellas latitudes de hielo y nieblas existenciales que ha llegado prácticamente a fagocitar a toda forma alternativa de expresión literaria, y, casi diríamos, artística. Porque su ubicuidad se ha trasladado también a la pantalla: series como Bron Broen o Marcella (esta última de producción británica) han retomado los presupuestos de sus hermanos novelísticos para ofrecerlos al consumidor en un formato más dinámico e impactante que, en el mercado anglosajón, ha adoptado casi marca de fábrica: el Scan thriller.

Un paseo por algunos de los títulos más relevantes de la tendencia (aunque cualquiera de sus satélites sirve lo mismo, en papel o televisión) puede servirnos para dibujar un retrato robot. Vale decir que, lejos de limitarse a ambientar el argumento policíaco en un escenario determinado, con sus peculiaridades dialectales o turísticas (que es, a mi entender, lo que suele ocurrir en la novela negra siciliana, veneciana, griega o rusa), el Scan thriller ha adquirido identidad también a través de los temas y su modo de abordarlos. Hay en él, en primer lugar, un interés por el contexto social y el aspecto más íntimo y doméstico de sus criaturas: influido tal vez por el calvinismo, se trata de enfrentar al mal en el ámbito de lo inmediato, del día a día, de lo más casero y horizontal, lo cual incluye a la familia, el trabajo, el tedio cotidiano. Y, unido a esto, hay una recreación, a menudo descarnada, en las facetas menos complacientes de nuestra existencia, sujeta a los constantes embates del dolor, la miseria, la enfermedad, la crueldad gratuita del prójimo, que, como dijo Sartre (que no era sueco pero sí existencialista), equivalen al infierno. Resumiendo, las coordenadas básicas del negro nórdico son dos: el naturalismo extremo, el pesimismo extremo; ambos se prolongan en violencia, dramatismo, oscuridad.

Portada del libro
Portada del libro / D. S.

A este respecto, la primera entrega de Niklas Natt och Dag, de quien hablamos hoy, no se desvía de sus antecedentes. La solapa nos avisa de que Natt och Dag pertenece a una rancia estirpe sueca entroncada con la alta nobleza, que vive en Estocolmo con su familia y que esta su primera novela ha alcanzado ya el rango de clásico inmediato en su país, además de muchos otros. También somos informados de que Natt och Dag, que es un apellido auténtico, significa "Noche y Día", gentilicio que casa bien con el producto que ofrece al lector. Porque, si bien se trata de un Scan thriller bastante escrupuloso, atento a los reglamentos de la marca, también introduce facetas nuevas que lo asoman a otros ámbitos más solares, concretamente a las colinas de Hollywood. Noche y día comparecen en 1793, título de la obra, de varias maneras: en el carácter de sus dos protagonistas, Winge y Cardell, razón y pasión, civilización y fuerza bruta, análisis y berrinche; en los ambientes descritos, la alta aristocracia sueca de fines del siglo XVIII, sus palacios y burdeles y fiestas ostentosas y la corte reunida en torno al difunto rey Gustavo Adolfo, a los que hay que sumar la vida turbia que, en el arrabal, sobrellevan la prostituta, el vagabundo, el ladrón de poca monta; en la propia trama, que combina espléndidos aparejos del gótico más puro (torturas, cadáveres putrefactos, casas abandonadas, médicos locos) con giros argumentales un tanto sonrojantes que parecen dictados por guionistas enviados desde California.

Si queremos ponernos filósofos, dos son los autores que patrocinan esta pormenorizada incursión en el oro y las cloacas de la Suecia dieciochesca: Rousseau y el marqués de Sade. Todo comienza cuando un cuerpo horriblemente mutilado aparece en uno de los lagos de Estocolmo y el abogado Cecil Winge, virtuoso y tísico, es requerido para ocuparse de la investigación; contará en ella con el socorro de Mickel Cardell, exmarinero manco que, a pesar de los muchos varapalos a que la vida le ha sometido (y sigue insistiendo en someterle), conserva una fe admirable en la bondad del ser humano. La trama, o tramas (en su crecimiento indiscriminado el autor reproduce también el procedimiento gótico) se extienden a partir de ahí en diversas bifurcaciones y desvíos que me excuso de detallar, pero que abarcan, según he dicho, altos despachos y bajos fondos, la ciudad y el campo, el príncipe y el verdugo, tormento y éxtasis, amor y muerte. Construida hábilmente a la manera tradicional del folletín, trufada con dosis bien elegidas de atrocidad y sentimentalismo, 1793 es una muy recomendable novela que se lee con fruición, y que los amantes del género nórdico (aunque no sólo) disfrutarán con creces. Al parecer, se trata (poca sorpresa) del inicio de una trilogía, así que al menos por estos lares estaremos atentos a sus secuelas: sus cuatrocientas y pico páginas de oscura amenidad bien lo merecen.

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