El jardín de mi recreo

Síndrome expresivo 84

Un joven escribiendo.
Un joven escribiendo. / Image by Dean Moriarty from Pixabay

Desde la cuna a la sepultura, el ser humano va ampliando la capacidad de interpretar la realidad y, en paralelo, almacena unos conocimientos en la memoria a largo plazo. De forma casi instintiva, estos conceptos y estrategias los irá empleando en función de sus necesidades vitales y las del círculo personal. Con toda razón, algunos lectores objetarán que, si tomamos como referencia a algunos individuos concretos, la validez de esta afirmación es más que discutible. Como norma general, vamos adaptando nuestro vocabulario a medida que nuestro mundo precisa de palabras específicas más allá de los cuatro términos para alimentarnos, purificarnos o, simplemente, crear una alianza con unos compinches de juego en el parque del barrio.

La adquisición de los aspectos básicos del lenguaje (reglas gramaticales, asociaciones léxicas y semánticas, mecanismos de coherencia y cohesión textuales, entre otros) es un proceso paulatino e imparable en cualquier individuo. Bueno, imparable hasta que llega el fatídico día de la Primera Comunión y el obediente aprendiz decide que su reino no es de este mundo. ¿Para qué esforzarse en la búsqueda de una competencia comunicativa eficaz, si mi colega me entiende a la primera?, piensan en soledad las mentes preclaras. En otras palabras, la llegada de la preadolescencia invita a muchos chavales a abandonar el interés por ampliar el vocabulario y, como consecuencia, dar respuesta a las nuevas necesidades expresivas propias del ser evolucionado.

Este síndrome de hibernación lingüística causa verdaderos estragos en casi la mitad de la población adulta, caracterizada por el empleo de unas ciento cincuenta palabras en su día a día. En efecto, viven encerrados en un paraíso artificial (no el de Baudelaire, a quien no leerán en su vida), donde la existencia se reduce a un par de folios manuscritos de significados globales, sin el menor matiz o precisión semántica. Cuatro palabras de manual callejero, sumadas a una decena de expresiones y giros idiomáticos más o menos comprensibles, son suficientes para tomar posesión del título de ciudadano de pleno derecho. Tú y tus circunstancias iletradas.

Ante tal panorama cervantino, los profesionales de la lengua plantean ciertas estrategias que ayudan a la mejora del vocabulario activo y pasivo de los ciudadanos. El activo se refiere a las palabras que un individuo enuncia de forma habitual en cualquier situación, ya sea formal o familiar, mientras que el pasivo alude al número de palabras que el receptor es capaz de interpretar sin la obligación de asentir con la expresión de un niño de cinco años. Como es lógico, cuantas más palabras conozca y recuerde Miguelito, más ricos serán los discursos de este, cuando le dé por analizar las teorías conspirativas de los hackers rusos frente a sus doctos amigos.

¿Se puede superar?

Este trastorno expresivo es de los que exigen un tratamiento más estricto y duradero en el tiempo. Además, en la mayoría de los casos, los pacientes muestran una oposición beligerante frente a las indicaciones del profesor en forma de aspavientos de enfado, muecas de desagrado y gritos revolucionarios de: “¡Esto es injusto!”. En líneas generales, el primer objetivo es la mejora de la expresión escrita para que los alumnos puedan escapar de esa corrala lingüística en la que están presos. Unas simples indicaciones son:

  1. Salvo excepciones, debemos evitar en nuestras composiciones escritas una saturación de verbos gastados por el uso. ¿Cuáles? ¿De verdad que no lo sabes? Apunta: “Ser, estar, decir, hablar, deber, tener, intentar, haber, hacer, decir, hablar, dar, coger, sacar, ver, poner, ir”. ¡El profesor me ha dejado sin verbos, cabesa!
  2. Olvídate de los conectores de siempre y distingue entre aquellos habituales tras punto y aquellos que siguen a la coma. Por ejemplo, “además, también, entonces” en el primer grupo, y “porque, cuando, pero” en el segundo. Y ahora, ¿qué hago? No sé, bro, tú sigue poniendo los puntos y comas al tuntún.
  3. Recuerda que existen adjetivos diferentes a “grande, pequeño, fácil, difícil, bueno, malo, importante (un clásico), bonito, simpático, normal o importante (para que no se olvide lo importante que es emplear otros adjetivos diferentes a ‘importante’)”. Ya ves, colega, el nota de lengua quiere que utilice adjetivos como “altruista, comedido, trágico o introvertido”. ¡El tío ese de qué va!
  4. Los continuos infinitivos, gerundios y adverbios terminados en -mente no embellecen la expresión escrita y resultan monótonos, redundantes y tópicos. No aportan nada a la precisión del mensaje, salvo empobrecer el estilo a golpe de generalidades. ¿Sí? ¡Venga ya, profe!

Consejo final: Bueno, chaval, redacta un texto argumentativo fiel a las pautas anteriores y con una extensión de unas doscientas palabras. Para lograr el éxito y ser aclamado por tus colegas de Instagram, te recomiendo que recurras al diccionario de la lengua española (vigésima tercera edición) y a las actualizaciones de los años siguientes. Disfrutarás con sus más de 93.000 lemas y sus respectivas acepciones. Sí, lo sé. Expresarse con corrección es un poco cansado. Ya me cuentas tus sensaciones. Ánimo. ¡Tú puedes! Vale.

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