Perdió más que ganó (2-2)

El Sevilla fue capaz de igualar un 0-2 ante el Málaga, pero no se puede obviar que enfrente tuvo al colista de la categoría. Luis Fabiano acertó dos veces, pero Negredo erró siempre

Jesús Navas entra por detrás a Apoño en una jugada que le costó la tarjeta amarilla.
Jesús Navas entra por detrás a Apoño en una jugada que le costó la tarjeta amarilla.
Francisco José Ortega / Sevilla

29 de noviembre 2009 - 05:02

Paso atrás pese a todo. El Sevilla fue incapaz de superar al colista de la Liga BBVA, el Málaga, y ése es el único balance posible después de que Teixeira Vitienes soplase por última vez su silbato. Ni siquiera vale el eximente de que los blanquirrojos recuperaran un punto cuando parecían tenerlo todo perdido en el intermedio, la única realidad es que el último clasificado de la competición salió indemne de su visita al Sánchez-Pizjuán y eso, si el listón se sitúa tan alto como para aspirar a ser el mejor equipo al final de la campaña, no está permitido.

A partir de esa somera sentencia para arrancar este relato de los hechos, llega el momento de puntualizar algunas cosas. El Sevilla tuvo una infinidad de ocasiones durante el primer periodo y se marchó con un increíble cero a dos en contra en el tanteo. Cualquier espectador medio que asistiera al encuentro seguro que se tendría que pellizcar para creerse que era así, que los anfitriones no habían anotado ni siquiera un gol en su casillero y que los visitantes ya llevaban dos, obra de Fernando y Duda, dos viejos conocidos por estos lares.

Pero el fútbol es así y ahora que vuelvan a aparecer los aduladores del buen juego, entendiendo como tal algo de difícil explicación. Porque jugar bien equivale a ganar y el Sevilla, en este instante del intermedio, perdía por 0-2. Luego, es evidente, no estaba jugando bien. Entre otras cosas porque una parte esencial de este deporte consiste en meter la bolita entre los tres palos cuando se tiene ocasión para ello. Los nervionenses se encontraron con esas opciones, muchas veces porque supieron fabricárselas, pero ni Negredo, particularmente, ni Luis Fabiano, en ese primer tramo, estuvieron acertados. Particularmente llamativo resulta ya la ansiedad del madrileño, pues ésta le impide rendir al nivel que se le presupone por su condición de goleador.

El Málaga, por contra, sólo necesitaba un rebote y un mal disparo, mejor un horrible lanzamiento de Fernando, para colocar dos tantos en su casillero. El segundo, al filo del descanso, fue digno de estudio, pero también conviene analizar la desconcentración de Konko a la hora de despejar, en el debe del equipo castigado con ese golpe de fortuna, y la precisa ejecución de Duda, en el haber del agraciado con el premio.

Este deporte tiene esas cosas para bien de quienes están destinados a interpretarlo. El Sevilla, el aspirante a campeón, caía por un concluyente resultado ante el Málaga, el peor del campeonato hasta ahora. Está claro que los locales no podían cruzarse de brazos en señal de resignación y eso se vio desde que la bola volvió a correr en la reanudación. Aunque Konko se empeñaba en regalarle situaciones de peligro a Obinna y a quien se acercara hasta él, el dominio de los blanquirrojos se hizo mucho más intenso. Pero Negredo no tenía su día ni siquiera cuando Munúa se empeñaba en facilitarle la tarea con un rechazo hacia su cabeza.

Y ahí decidió Jiménez que debía apostar a todo o nada. Kanoute al campo en el lugar de Renato para que el gigante francés sea el encargado de unir las líneas arriba, aunque está claro que siempre será mucho más delantero que otra cosa. Paradójicamente, ahí viró el aire de la fortuna para un Sevilla que se estaba mereciendo, de sobras, acortar las distancias. Después de errar Negredo otro testarazo franco, Luis Fabiano flotó en el aire en un córner, otro saque de esquina, para abrir la espita a la esperanza a todos los seguidores sevillistas.

Las distancias se habían estrechado, pero el riesgo de correr más riesgos de la cuenta también era evidente. Jiménez hizo entonces un doble cambio que buscaba la doble vertiente de eso que llaman nadar y guardar la ropa. Sergio Sánchez por el ineficaz Konko al terreno de juego; y Diego Capel por el obcecado Negredo. Aunque todo quedaba pendiente de los pulmones de Zokora, el equilibrio era mucho mayor. Sin embargo, ahí llegaría la gran ocasión malaguista en una gran parada de Javi Varas a Apoño.

El Sevilla se salvó en esa jugada porque apenas un minuto después Luis Fabiano, de nuevo el brasileño, se encargaría de devolver la esperanza a los suyos. Quedaba aún un buen rato por delante, pero el fútbol ya estaba demasiado embarullado como para tener claridad de ideas. Lo que ocurrió entonces fue que el Sevilla lo fió todo al balón parado y a punto estuvo de sacarle un rédito tremendo en una falta sacada por Dragutinovic y rematada a dúo en solitario por Squillaci y Sergio Sánchez. Pero el balón se estrelló en Munúa y lo cierto es que, viendo los riesgos corridos por Jiménez y los suyos, hasta pueden alegrarse de que el Málaga fuera el colista y se mostrara incapaz de montar una contra medianamente coherente. Hubiera sido peor, está claro, pero debió haber sido muchísimo mejor. El Sevilla perdió mucho más que ganó. Sin duda (o por Duda).

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