El euro era un marco disfrazado

El poliedro

27 de marzo 2010 - 01:00

VENÍAMOS barruntándolo, pero hasta hace poco no hemos entonado el eureka: ¡el euro era en realidad el marco! Un marco con aroma de perfume francés y unos festones con poco peso y los colores de las distintas familias, incluida la rojigualda española. Los alemanes parten el bacalao, y ya amenazan sin velo alguno: "Quien no cumpla con los criterios de estabilidad presupuestaria (y no digamos si mienten en sus cuentas), fuera del euro", dijeron primero; "Quizá tengamos que crear un euro de champions y otro más morenito y depreciado para los mediterráneos", sugirieron luego con la boca entreabierta; "Muy pronto nos volvemos al marco y os dejamos la divisa como una diva prematuramente avejentada", han venido a decir esta semana. Jugando con la primera frase de su himno nacional, parece escucharse el "Deutsche mark, Deutsche mark über alles": no ya Alemania, sino el marco por encima de todo. No nos engañemos. Si el juego no les conviene, los germanos pincharán la pelota. ¿Contaremos a nuestros nietos batallitas sobre cómo vivimos aquella época dorada de una Europa unida por una moneda común? ¿Será un nuevo marco compartido con sus mercados naturales del Este -Chequia, Polonia, Hungría- el germen de una nuevo proyecto pangermánico? Muchas ideas en apariencia descabelladas se han hecho realidad en los dos últimos años. Por qué no éstas.

El Frankfurter Algemeine Zeitung periódico alemán de adscripción liberal, ya ha hablado esta semana a las claras de la posibilidad de que "el pueblo alemán" -expresión que figura con solemne severidad en el frontispicio del Reichstag berlinés- exija a sus gobernantes recuperar el marco y abandonar el euro. El oigjo, que pronuncian ellos. Si los demás, se dicen, no cumplen las normas de Maastricht y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, ¿por qué vamos los alemanes a poner en peligro una moneda que por nosotros mismos sería fuerte? La valiosa Angela Merkel, canciller alemana, ha dejado claro que nadie salvará a nadie en Europa (ni a Grecia, ni a la Portugal recién rebajada de categoría crediticia, ni a…), pero también ha despejado toda duda sobre quién es el líder: "Alemania es la garante de la estabilidad del euro". O se cumple lo pactado aunque pique y duela, o se acabó la divisa común.

El euro es una moneda que nace en pleno geiser de la economía global -sólo ha vivido el ciclo expansivo-, y logra hacerse con un lugar en el club de las grandes monedas, donde el dólar nunca se pone corbata y tiene todo el crédito del mundo, el yuan chino acecha, y la libra y el yen son vetustos socios casi honoríficos. Hasta ahora, pues, los problemas no han existido, o han estado silentes. Ahora vemos que la familia euro estaba bien avenida porque el calor disimulaba los desequilibrios entre economías diversas que se acrisolaban en una moneda común. El percal es como el de una herencia escasa, mucho más escasa que los bocados que se propinan los parientes por ella.

Hemos dado por sentado que el euro es el dólar europeo, y que lo va a ser para siempre. Pero no es así. Europa, la Europa comunitaria, es un poliedro de intereses y caracteres nacionales que ha tenido a bien compartir una divisa. Un gran éxito durante un tiempo. Pero si al garante de la estabilidad monetaria, al benefactor que cambia dinero por mercados, es decir a Alemania, no le salen las cuentas, el euro desaparecerá. Torres más altas ha caído. ¿Se puede abandonar el euro? Claro que sí: o se van los socios que no cumplen, o se va el que cumple. Eso sí, el euro es bueno para todos sus partícipes siempre y cuando se observen las limitaciones fiscales acordadas para compartir una moneda. Si los apretones presupuestarios de algunos comprometen la estabilidad de otros, la cosa no funcionará. Más pronto que tarde saldremos de dudas sobre si el euro es la historia de lo pudo haber sido y no fue.

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