Luis Nieto

Faraón y académico de la armonía

En los medios

18 de marzo 2009 - 01:00

EN las penurias de Gambogaz, el campo le habló de un mundo más allá de aquel cortijo y aquel zagalejo soñó con arena dorada, en lugar de terrones, y con toros de lidia que le daban gloria, en lugar de ovejas. Abrasadores comienzos taurinos, con trajes alquilados, desgastados de oro y sueños, que ya habían vestido desahuciados. Tiempos de aquel primer capotillo, de seda, con el mapa de la tela zurcido de cornadas, que compartió con Marqueño y El Pescadero. Llegó el estreno en La Pañoleta, corazón taurino de Camas, aquel caluroso 25 de julio de 1954. Abrió su noviazgo con la Maestranza el 26 de mayo de 1957. Y dos años después, la traca de la alternativa en Valencia, víspera de San José, de manos de Gregorio Sánchez. Desde entonces, su nombre, Curro, corrió como un reguero de pólvora hasta los rincones más recónditos del mundo taurino, mientras un fuego interior crecía y se avivaba en una pasión torera tan longeva que atravesó el siglo y se situó en los albores del XXI, con el adiós sorpresivo en una plaza con fondo de carros: La Algaba. Para aquellos que sólo le pudieron ver en su otoño torero, les ofreció primaveras con su pañuelo rosado -ese capotito cogido así, con dos dedos-, en verónicas inmarchitables. Y aquella magia de su muleta, con unas trincherillas que morían tan suaves como atardeceres primaverales. En ese sinuoso y largo camino, en el que rezumó soledades y se reconstruyó mil y una veces, logró nada menos que seis Puertas Grandes en Madrid y cinco Puertas del Príncipe en Sevilla; pero sobre todo germinó sueños para los demás, cinceló faenas para la fantasía. Amante del cante, fueron quejíos de fragua camarona los aleteos de sus telas. Llevó el peso de unos partidarios de fe inquebrantable, que olvidaban broncas, esperando el maná del cielo torero, anhelando su evangelio taurino, ese de la brevedad, lentitud, majestuosidad y naturalidad. Medio siglo. Tarro de las esencias. Olor a romero y loor de romero. Sentimientos dibujados en el circulo mágico del albero. Medio siglo. Faraón, con empaque, bautizado el 1 de diciembre de 1933, junto al Río Grande, ese Nilo andaluz junto al que nacieron otros mitos de la Córdoba califal, como Manolete, o de esta Sevilla de artistas supremos, como Pepe Luis, quien le confirmó. Cimas y simas. Así hasta el último reconocimiento, acompasado a su concepción del arte y de la vida. Si Platón inmortalizó aquella casa con jardín, cerca de Atenas, junto al gimnasio del héroe Academo, donde enseñaron grandes filósofos, Curro fue investido académico, académico de la armonía, gracias a la magia de su capote y su muleta, gracias a la dialéctica de la suavidad, de esas muñecas adormecidas, contrarias a la violencia, de esa armonía de sentimientos producida por la plástica de sus lances y muletazos. Y es que, como Filolao de Crotona en aquella casa de Atenas, allá por el siglo V antes de Cristo, su vida ha girado en torno a la máxima de aquel filósofo: "Todo se hace por armonía". Bodas de oro de Curro Romero con su arte, en el que conjugó temple e inspiración, suavidad y misterio. Bodas de oro, hoy, de un torero designado Faraón de Camas, que alcanzó el grado de académico de la armonía y que ha definido el toreo de manera extraordinariamente profunda: "Es arte por excelencia. En el toreo, un hombre elegido, elegido de Dios, llega y jugándose la vida transforma el dramatismo en un juego sedoso, en el que se acaricia".

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