Las postrimerías del 'enfant terrible'

El catalán Albert Serra presenta en el festival 'La muerte de Luis XIV', una recreación de los últimos días de vida del monarca francés protagonizada por el legendario Jean-Pierre Léaud

El director catalán Albert Serra, ayer en el SEFF, donde presentó 'La muerte de Luis XIV'.
El director catalán Albert Serra, ayer en el SEFF, donde presentó 'La muerte de Luis XIV'.
Francisco Camero Sevilla

07 de noviembre 2016 - 05:00

En una oscura habitación de Versalles, un grupito de cortesanos serviles y atribulados bisbisea y contempla un cuerpo postrado en la cama, cada vez más descompuesto pero consciente aún de la majestad que se espera de cada uno de sus gestos. El rey agoniza. No uno cualquiera: Luis XIV, nada menos, el Rey Sol. El Grande. El mortal, como el más penoso de sus siervos. En su última película, presentada en Cannes y ahora fuera de concurso en la Sección Oficial del SEFF, Albert Serra introduce al espectador en esa dependencia para asistir, como un testigo más, a esas postrimerías, al lento e implacable trabajo de la muerte. Jean-Pierre Léaud, algo más que un actor, símbolo de la nouvelle vague, alter ego de Truffaut y presencia familiar en la memoria sentimental de cualquier cinéfilo, encarna al rey en su agonía última y definitiva.

La muerte de Luis XIV responde al ánimo desmitificador -"quería retratar la banalidad absoluta de la muerte en sí misma, sin dramatismo ni trascendencia"- de Serra, un tipo divertido, inteligente, sagaz para regalar la frase polémica o arrogante y de actitud más o menos punk que desde hace años ejerce de enfant terrible oficial del cine de autor nacional (aunque la fama, y los premios, muchos, siempre los ha encontrado fuera, en el circuito festivalero europeo donde es todo un fenómeno, especialmente en Francia). Con ánimo desacralizador afrontó también su colaboración con Léaud, a la que quiso restar ayer, pese a la (aparente) evidencia, toda resonancia legendaria o cinéfila: "Teníamos amigos en común y rodé con él porque me caía bien, como los demás actores de mis otras películas [suele trabajar con intérpretes no profesionales], no porque fuera Jean-Pierre Léaud, ni por sus capacidades como actor, sino por mera afinidad personal".

El origen del filme se encuentra en una propuesta del Pompidou, el centro parisino de arte contemporáneo. "Me propusieron que hiciera algo relacionado con la historia de Francia. Yo soy muy fan de Luis XIV y además en aquel momento, hace cuatro o cinco años, estaba leyendo las memorias del duque de Saint-Simon. El planteamiento inicial, ya con Jean-Pierre, era hacer una performance en el Pompidou durante 15 días, en tiempo real, que iríamos filmando. Pero por razones de presupuesto al final no cuajó y mis productores al cabo de un tiempo me propusieron que se hiciera, aunque fuera ya en formato de película. Por eso quise respetar ese espíritu de performance, respetando la unidad de acción, tiempo y espacio, sin abandonar esa habitación, y tratar de capturar la intimidad del momento", explicó el también autor de Honor de cavalleria, El cant dels Ocells e Historia de la meva mort, todas ellas rodadas en catalán.

"Una cosa que me obsesionaba era cómo hacer revivir el pasado en el presente, es decir, cómo lograr que algo que ya todo el mundo sabe cómo acabó, tuviera la imprevisibilidad y la fascinación del tiempo real, de lo que está ocurriendo frente a tus ojos", confesó el director, al que, como le "aburren" los ensayos con los actores y el trabajo previo con el guión, lo fió todo a la "fluidez" de la situación, atento a esos pequeños hallazgos casuales durante un rodaje. "Me gusta la idea de que la película se haga sola. Que te sorprenda a ti mismo también conforme la haces. Léaud nunca había rodado con tres cámaras, como hago yo, de modo que al principio estaba desorientado, había perdido esa referencia porque no sabía qué cámara estaba tomando el plano. Le costó, pero al final acabó entrando en una concentración en sí mismo casi mística que hace que cualquier gesto de él tenga una reverberación en toda la habitación, y eso de algún modo, aunque yo temía que la gente se aburriera, porque la película es repetitiva, mantiene cierto misterio, preciso, pequeño, modesto incluso, pero necesario para la película".

UN CUENTO DE HADAS

A sus 74 años, Adolfo Arrieta -ahora con el nombre recortado, Ado, que suena "más comercial", bromeó- ha podido rodar su película con mayor presupuesto, y seguramente la primera con uno decente. Referente del cine undergound desde los 60, aunque -como Serra, aunque motivado por circunstancias muy distintas- mucho más conocido en Francia y afincado durante temporadas en París, el cineasta madrileño estrenó ayer Belle dormant, una personal adaptación del cuento clásico de la bella durmiente en la versión de los hermanos Grimm. Ambientada en 1900 y un siglo después, rodada en la campaña bretona y con financiación francesa y figuras como Mathieu Amalric en el reparto, Arrieta firma, como dice él mismo, "otro cuento de hadas". "Todas mis películas son oníricas, todas tratan del sueño y del tiempo. El cine es para mí una forma de poesía. Eso era el cine antes, y para mí es lo que sigue siendo", dijo.

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