Un clave y sus adláteres

Les Talens Lyriques, ayer durante su concierto inaugural del Femás.
Les Talens Lyriques, ayer durante su concierto inaugural del Femás.
Andrés Moreno Mengíbar

23 de marzo 2014 - 05:00

Femás 2014. Programa: Cantata 'Orphée' y 'Pièces de clavecin en concert', de J. Ph. Rameau. Soprano: Valérie Gabail. Viola da gamba: Lucile Boulanger. Violín: Gilone Gaubert-Jacques. Clave y dirección: Christophe Rousset. Lugar: Cajasol. Fecha: Sábado, 22 de marzo. Aforo: Completo.

Con la ilusión y la respuesta del público sevillano de la Música Antigua, la trigésimo primera edición del Festival de Música Antigua de Sevilla arrancó anoche su andadura con un homenaje a Jean-Philippe Ramaeu, del que se cumplen los doscientos cincuenta años de su fallecimiento. Y, además, de la mano de un grupo especializado en el autor y con la solvencia y la fama de Les Talens Lyriques. Bien es verdad que el grupo se presentó en su versión económica, reducido al mínimo, aunque, eso sí, con la presencia de su alma indiscutible, Christophe Rousset.

El clavecinista sostuvo sobre sí todo el peso del programa y no sólo porque ya el mismo Rameau advirtiese que estas piezas bien podrían interpretarse con el clavecín en solitario, sino porque la diferencia de calidad en las interpretaciones entre Rousset y el resto del grupo era considerable. La pulsación y la digitación fueron de una precisión minuciosa, con el añadido de interesantes juegos de colores y de un fraseo incisivo y lleno de acentuaciones, que igual se plegaba a las largas frases ligadas de los momentos más líricos que se convertía en un ir y venir de chisporroteo articulatorio, con notas picadas y ornamentos de las pura raigambre francesa (acciacaturas y trinos especialmente). Como director supo dotar a cada pieza de su carácter descriptivo específico y en este sentido dejó momentos de gran brillantez como los Tambourins del tercer concierto, la línea sinuosa de La Livri (primer concierto) o los juegos contrapuntísticos de La Forqueray (quinto concierto).

No estuvo a la altura, especialmente en la primera parte, el violín de Gilone Gaubert-Jacques. Además de presentar un sonido romo, áspero y sin brillo, la afinación brilló por su ausencia en demasiados pasajes, algo que mejoró sólo algo a partir del tercer concierto. Y, por su parte, la viola da gamba pasó prácticamente desapercibida y hasta inaudible en muchos momentos, lo que privó al conjunto del necesario contrapeso en los graves, apoyando el bajo.

En la juvenil cantata de Rameau y en la propina de Pignolet de Montéclair dio una muy buena lección de estilo la soprano Valérie Gabail, con un fraseo muy sinuoso y muy acentuado y con suficiente agilidad. El problema era una emisión intermedia entre la impostación y la voz natural, con los consiguientes cambios de color, amén de sobrados tintes nasales que manchaban el posible metal original.

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